A PROPÓSITO DE BUDA

                                                                                    (Por tierras birmanas II)

Shwedagon

Al visitar el gran complejo religioso formado por la Shwedagon Pagoda quedamos impresionados por la enorme cantidad de fieles que acuden a ella a postrarse ante las múltiples formas de Buda que existen en el mismo.

En la mayoría de los casos, las dádivas son ofrendadas al divino Sidarta Gautama, por gente que tienen que renunciar a sus mas elementales necesidades con el deseo de alcanzar, a cambio de las mismas, los favores del etéreo Buda.

Resulta difícil  creer que algún dios sea capaz de demandar tanto, de gente que tiene tan poco.

Eshaustos, pero a la vez admirados,  de la gran cantidad de capillas y templetes (la gran mayoría de ellos al aire libre) donde orar, y de símbolos y figuras ante quien postrarse. Incapaz de comprender como es posible tanta disparidad entre la mundana realidad y el misticismo que se respira en este suntuoso complejo religioso, (el mas sagrado del budismo birmano) al que se le atribuyen 2500 años de antigüedad y estar en posición de varias reliquias de Buda.

Asombrados, al mismo tiempo, de la notable diferencia que existe entre los lugares de culto del Cristianismo y el Budismo. En este los fieles no se retraen en la penumbra del templo para orar, como sucede en el Cristianismo. Las plegarias se realizan públicamente, cada uno como y donde quiere, sin necesidad de sacerdote que le sirva de guía o intermediario

Gran Pagoda de Yangun
Gran Pagoda de Yangón

Abandonamos la Shwedagon Pagoda, La Gran Pagoda de Yangón, y nos lanzamos a la calle para desprendernos de tanto exceso de santidad y convertirnos en seres mas acorde con la realidad.

Bajamos por la calle Shwedagon Pagoda hasta la Bagyoke Aung San, torcemos a la izquierda y después de dejar atrás el mercado de Bagyoke nos encontramos  en la confluencia de la Sule Pagoda Road, justo al lado de la estación central de ferrocarriles de Yangón. En la misma entramos cuando las primeras sombras de la noche comienzan a adueñarse de la ciudad.

En el primer anden  -separado del Hall de la estación por una enorme verja de hierro-  se encuentra estacionado el expreso que próximamente partirá hacia Mandalai. Segunda ciudad en importancia del país, y antigua capital del reino Burma.

Una ingente masa de seres anónimos deambula por los diferentes andenes.  Unos dirigiéndose al convoy estacionado en el anden, después de pasar el correspondiente control establecido en las puertas intercaladas en la verja divisoria. Otros, como queriendo encontrar no se sabe qué, desprendido de ellos sin saber como.

En los rincones, tumbados sobre sacos, mantas, harapos, o simplemente, sobre el sucio suelo, se amontona una multitud, posiblemente a la espera de próximos convoyes. O simplemente porque son las grande estaciones de las grandes ciudades el mejor lugar donde cobijarse.

Por todas partes hay montones de paquetes conteniendo las mas dispares mercancías; Desde cereales, especias o ropa, hasta todo tipo de animales domésticos.

«Restaurante»

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«Restaurante»

Ya totalmente de noche abandonamos la estación y nos detenemos a observar como un par de jóvenes se afanan en montar un «restaurante» de los que tanto abundan en este país. Consiste en un artilugio montado sobre dos ruedas de bicicleta encima del que cocinan diferentes sopas, compuestas de fideos y verduras, acompañados de algún trocito  de carne.

Alrededor del artefacto, que sirve de cocina y mostrador, colocan cinco o seis taburetes de plástico de unos treinta centímetros de altura, que van siendo ocupados y liberados continuamente por comensales, a los que los jóvenes van sirviendo  -por unos cuantos de cientos de Kaets (Algunos céntimos de Euro)- en unos cuencos de plástico, la sopa que van rehaciendo continuamente.

A unos 150 metros del «restaurante»  hay una parada de Rickshaw birmanos, consistente en una vieja y pesada bicicleta de fabricación china, a la que han adosado un sidecar de doble asiento  -uno hacia adelante y otro hacia atrás.

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Rickshaw transportando una familia

De dicha parada salen y llegan continuamente alguno de estos «Taxis», (con tal nombre se conocen y éste es el rótulo que los distingue de los de uso privado) con algún que otro pasajero. En ocasiones he llegado a ver transportar hasta seis personas en estos rudimentarios vehículos.

Mientras tanto, por la Sule Pagoda Road pasan raudos los vehículos, haciendo sonar los claxon enloquecidamente, advirtiendo a los peatones que intentan cruzar la calzada, (aunque el intento se haga por un paso de cebras perfectamente marcado en el asfalto) que solo deberán hacerlo si no se acerca ningún vehículo a menos de cien o ciento cincuenta metros.

Distraídos con estas observaciones vemos como, no lejos de nosotros, se mueve diligente un perrillo callejero, uno más, que intenta por todos los medios cruzar la calle. Mientras, en la acera contraria es una perra la que intenta la misma proeza, pero en sentido contrario. Ímprobos son los esfuerzos que hacen ambos por conseguirlo, pero cada vez que uno de ellos lo intenta, un estridente pitido con la veloz pasada del consabido vehículo afeitándole los bigotes les hace desistir a uno y otro.

Convencido de que ninguno de los dos conseguirá su objetivo, desvío mi atención sobre una anciana que, unos metros a nuestra derecha intenta, como los canes, atravesar la arteria. Si difícil lo tienen los chuchos mas difícil lo tiene la pobre mujer. Cada vez que la desvalida señora, de no más de 1.5 metros de altura y unos 40 Kgs. de peso, pretende cruzar la calle aparece un semejante y, con la mano apoyada en el claxon, le advierte que el asfalto es dominio, total y absoluto, de los artefactos metálicos.

Después de tantos fallidos intentos, observa la diminuta mujer, que unos metros mas adelante la gente consigue pasar por el lugar donde está marcado el paso de cebras. Hacia allí se dirige, pero de nada le sirve. Ella es demasiado inexperta y tiene demasiados años para ser capaz de sortear los vehículos y marcar las distancias, como hace la gente mas joven y avezada.

Buda acostado
Buda acostado

Ninguna de ésta gente que he visto en La Gran Pagoda de Yangón  -y en otras tantas Pagodas-  entregarse a Buda en cuerpo y alma, con un fervor rayando el éxtasis, es capaz de parar su vehículo y dejar pasar a esta pobre anciana. Ningún peatón se apiada de ella ayudándola a cruzar la calle.                                                                                         

Tal vez sean actitudes como estas, por las que a Buda le cuesta tanto ser justo y misericordioso con gente que tanto esfuerzo les cuesta serlo.

Finalmente la anciana desiste y se aleja, desapareciendo en la obscuridad, en dirección a la estación.

Objetivo cumplido

Nosotros, después de lo visto, decidimos encaminar nuestros pasos hacia nuestro hotel, pero al girarnos…¡Oh sorpresa! Junto a nosotros se encuentra la perra que antes había llamado nuestra atención y de la que nos habíamos olvidado. Allí, a nuestro lado, sin el más mínimo recato, está ofreciendo al pequeño vagabundo, la prenda por la que él tantas veces había expuesto su vida al intentar cruzar la calle. Sin dudarlo un momento, el famélico chucho se apoya en sus enclenques patas traseras, y  después de veloces y convulsos movimientos, en pocos segundos, consigue terminar su obra con una hembra que le dobla,  tanto en estatura como en carácter.

perros callejeros
La Dama y sus caballeros

Satisfecho de su acción procede a deshacer lo hecho. Pero al intentar alejarse, después de voltear sus patas delanteras por encima del trasero de su amada, se encuentra colgado de la robusta hembra. Ésta, ante tal situación,  -y con sus dislocas apetencias  satisfechas-  empieza a morderlo y arrastrarlo hacia el centro de la calzada, dominio ésta de los feroces conductores y no                                                         de los mortales canes.

trafico
Caótico trafico

Comienza aquí una sinfonía de pitidos, acompañada de un chirriar de frenadas. ¡Oh milagro! Lo que antes no habían conseguido, ni la indefensa mujer ni los vulgares chuchos, lo consiguen ahora los descarados canes, al llevar acabo el mas sublime acto de la creación. ¡El acto de la procreación ha sido capaz de paralizar el trafico!

En el centro de la calzada los dos protagonistas (estoy convencido que protegidos por la piadosa mano de Buda), rodeados por una jauría de rivales, atraídos por los alaridos de dolor del maltrecho amante. Los cuales, envidiosos de la osadía de este pequeño Woody Allen lo muelen a dentelladas, hasta lograr liberar a la DAMA de las centenares  de acusadoras, a la vez que cómplices, miradas dirigidas a ella desde las aceras y calzada.

Paco Vidal

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