DESCONOCIDO OKAVANGO

                                    (Viaje Austral V)

Caminos polvorientos

Rundu, ciudad a la que llegamos sobre las tres de la tarde, está situada a orillas del río Cubango. El cauce de este río sirve de frontera -natural y política- con la vecina Angola, durante gran parte de su recorrido.

 Sucia y populosa, Rundu responde al estereotipo que en Europa tenemos formado de las ciudades africanas. Ningún paralelismo podemos establecer entre esta y cualquiera de las ciudades  en las que hemos estado anteriormente en este viaje.

Las únicas calles asfaltadas, aunque completamente llenas de baches, son las dos principales que cruzan la ciudad de norte a sur y de este a oeste, siendo las restantes polvorientos caminos, llenos de basura maloliente.

En contraste con lo anteriormente dicho, se aprecian gran cantidad de supermercados, repletos de mercancías y gente que  las compran. Los comercios están equipados con aire acondicionado y su aspecto -sobre todos los de ropa y electrodomésticos – se encuentran limpios y ordenados como los de cualquiera de nuestras ciudades.

La población, en la que apenas se ven ancianos, está compuesta por gran cantidad de etnias diferentes. Sobre las que destacan los jóvenes. Esbeltos y de gran belleza, tanto hombres como mujeres.

La indumentaria que portan es de lo mas variopinta, viéndose desde los mas harapientos y lleno de mugre, hasta trajes limpios y elegantes aunque un poco desfasados, con relación a nuestros estándares.

Durante el trayecto desde Etosha hasta Rundu nuestro camión transita por polvorientas carreteras que se abren paso entre bosquecillos de arbustos, salpicados de vez en cuando, por algún que otro árbol propiamente dicho. La geografía está salpicada de pequeñas aldeas de cabañas circulares de adobe y techos cónicos de paja. Ninguna de las mencionadas viviendas llega a los cuatro metros de diámetro.

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viviendas

Estos núcleos habitados están compuestos por  diez o quince cabañas, rodeadas por una empalizada de troncos, con un gran árbol, dentro o fuera del recinto. Este árbol hace las funciones de “plaza del pueblo”. A su sombra se sientan sobre el arenoso suelo gran cantidad de personas, sobre todo mujeres, rodeadas de numerosa prole.

Estos núcleos siempre están ubicados en un claro del bosque, talado hasta la última rama, excepto el árbol al cual nos referíamos anteriormente.

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niños jugando

Al borde de las carreteras, nos saludan, a nuestro paso, gran cantidad de niños con suaves gestos de sus pequeñas y sucias manitas. Siempre con una sonrisa en los labios y moviéndose al ritmo de no se sabe que música oculta. ¿Tan desarrollado está el sentido musical de esta gente que hasta en el desagradable ruido del motor de un camión encuentran ellos un acorde al son del cual bailar?.

Con negros nubarrones en el horizonte y el sol ocultándose tras unas lejanas colinas, instalamos nuestro campamento a orillas del río Okavango. En las tranquilas aguas del río se reflejan las tierras angoleñas de la otra orilla, mientras por el centro del cauce se desliza una canoa, empujada por un muchacho negro que rema perezosamente.

Al amanecer del nuevo día nos ponemos en movimiento hacia la vecina Boswana. Poco antes de llegar a la frontera de dicho país – como si nos quisieran  avisar de la proximidad de la misma- una manada de monos – compuesta por cincuenta o sesenta individuos- tiene invadida la calzada. Al acercarnos se apartan cansinamente, trepando a los árboles mas cercanos desde donde nos contemplan, no se si con curiosidad o hastío.

Los tramites fronterizos – al igual que en la frontera entre Suráfrica y Namibia– son puramente rutinarios, sin el más mínimo contratiempo o inconveniente.

En Gumara, ciudad destartalada, sucia y polvorienta, nos espera un camión, de aspecto militar y tracción total, al que trasladamos todos nuestros enseres.

Mientras efectuamos nuestro trabajo, un enjambre de niños observa desde cerca nuestros movimientos. Con los mismos compartimos comida y chucherias, las cuales no fueron solicitadas por ellos en ningún momento. Mostrándose, no obstante, muy agradecidos cuando se las ofrecimos.

Humedas tierras

Desde Gumara nos adentramos por pantanosas tierras hacia el interior del mayor delta del mundo en tierra firme, el Delta del Okavango. Este río nace en  la meseta de Bié en tierras congoleñas y desaparece en el desierto de Kalajari, formando este inmenso delta de unos 20.000 Km. cuadrados sin haberse asomado a ningún mar.

Después de, aproximadamente, una hora de viaje, llegamos a un lugar paradisiaco, a orillas de uno de los innumerables brazos con que cuenta aquí el Okavango. Cargados con todas nuestras pertenencias, nos embarcamos en una lancha fuerabordas y empezamos a deslizarnos por las tranquilas aguas deleitándonos con la exuberante flora y la rica fauna de este indescriptible lugar.

Tan pronto navegábamos  por estrechos canales naturales, cuya intrincada vegetación casi nos impedía el paso, como de repente, desembocábamos en espacios abiertos, en cuyas orillas anidan las innumerables aves que habitan estos parajes.

Durante este continuo zig-zag  fuimos a parar a una laguna donde donde chapotea un grupo de enormes hipopótamos. El guía detiene los motores y deja que las aguas mezan suavemente nuestra embarcación, mientras la suave corriente nos acerca hasta unos metros de distancia de los impresionantes mamíferos. Estos, en lugar de asustarse, curiosos se acercan a nosotros, con continuas zambullidas, mientras expulsan hacia arriba grandes surtidores de agua.

Mientras, en las orillas -semiocultos por la tupida red de plantas acuáticas – se deslizan sigilosamente  hacia el interior de la alguna, enormes cocodrilos, de los que solo alcanzamos a ver sus terribles espinazos.

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mantener la distancia

Antes que se acerquen demasiado, nuestro guía palmotea con sus manos sobre el metal de la lacha y, poniendo los motores en marcha, nos alejamos por uno de los brazos que vierte sus aguas a la laguna. En nosotros queda la sensación de haber vivido uno de esos momentos que después recordaremos durante largo, larguísimo tiempo.

Desde el lugar donde montamos nuestro campamento, abrigado por enormes árboles con el fin de protegernos de las manadas de elefantes que se pasean por el bosque durante la noche, puede contemplarse un atardecer de los que alimentaron nuestros sueños viendo películas como: “Memorias de Africa”.

Las aves surcan el cielo, rápida o perezosamente, según su tamaño o especie. Mientras, nuestro campamento va quedando envuelto en una obscuridad absoluta, solo iluminado por las llamas del fuego encendido en el centro del mismo.

Los múltiples, estridentes y a veces espeluznantes “ruidos” nocturnos de la selva africana no son los mejores compañeros para conciliar el sueño, (sobre todo si toda tu protección consiste en una simple tienda de campaña). Pero al fin el cansancio puede mas que todas las emociones.

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nuestra vivienda en Africa

Con el crepitar del fuego, mantenido encendido durante toda la noche, por razones obvias, me despierto cuando las últimas estrellas dejan de brillar en el firmamento y las gotas de rocío capturan las primeras luces del amanecer. Salgo de mi tienda, y con la cámara en ristre voy a salir al lindero del bosque, cuando uno de los componentes del grupo de nativos que nos acompaña – en un rudimentario ingles- me advierte que no me aleje demasiado del campamento.

El significado de estos consejos los entiendo  cuando al alejarme 150 ó 200 metros del lugar donde están instaladas nuestras tiendas, descubro unas huellas de elefantes ( cuyos diámetros no serian inferiores a 25 ó 30 centímetros ) acompañadas de los excrementos dejados allí durante la noche por el paquidérmico animal. No solo entendí el significado de las palabras, sino que un escalofrío recorrió mi espinazo, cuando al salir, algo más tarde, a recorrer los alrededores acompañados por el guía, éste nos mostró las huellas dejadas durante la noche por una familia de leopardos que había estado merodeando nuestro campamento, mientras nosotros dormíamos.

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Veinticinco centímetros de huella

 

Con frecuencia -a lo largo de nuestro viaje- hemos olvidado que nos encontrábamos en el corazón del África negra, donde convivir con esta fauna es tan común como hacerlo en nuestro entorno con nuestros animales domésticos.

La jornada la comenzamos recorriendo diferentes parajes en Mokoro, el único medio que conoce ésta gente desde tiempos ancestrales, para desplazarse por las poco profundas aguas de éste extenso pantanal que forma el Delta del Ocavango;  Una Mokoro que no es otra cosa que una canoa de cinco a siete metros de longitud, hecha con el tronco de un árbol al vaciarlo. Estas rudimentarias embarcaciones son utilizadas en todo el delta, para el transporte de personas y/o mercancías, mientras el conductor – de pies sobre ellas – las desplazan apoyando una pértiga – de 2 a 3 metros de larga – sobre el arenoso lecho.

En este deambular a bordo de las Mokoros nos acercamos a la aldea de los remeros, perdida en alguna de los innumerables  islas o islotes que componen el delta. La aldea es un conjunto de veinte o veinticinco chozas circulares de unos cinco metros de diámetro, en cuyo habitáculo pernocta toda la familia, sin división alguna que separe a padres de hijos o hermanas de hermanos.

Durante el día todo se hace en el exterior, no empleo el termino “en la calle” ya que  calles  no existen. En el exterior se vive, se tejen cestos, se cocina, se come, se arregla la ropa o se espulga a los niños.

Cerca de cada choza existe un rectángulo de, aproximadamente, un metro de ancho por metro y medio de largo  -construido de cañas- con un agujero en el suelo donde se depositan las heces.

No hay electricidad, ni agua corriente, ni la mas elemental señal de higiene o urbanismo, no hay nada de nada. Solo los habitáculos circulares diferencian a estos seres de los animales que les rodean.

Ante el abismo que separa nuestra forma de vivir de la de estos pueblos, los interrogantes y las dudas asaltan mi mente y mi espíritu. Miles de preguntas surgen ante mí. Preguntas, dudas, e interrogantes para las que no tengo respuestas.

Horas mas tardes, cuando de sus primitivas Mokoros nos trasladamos a las lanchas fuerabordas que nos devolverán a nuestra civilización, una profunda congoja y una fuerte angustia se apoderan de mí; al ver como esta gente, con la que hemos convivido los últimos días, agitan sus brazos en señal de despedida. Unos desde el barrizal de la orilla, otros de pies en sus primitivas canoas. La mayoría apoyados en sus pértigas con la mirada perdida, no se sabe donde, y una sonrisa indefinida en sus labios.

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Pantanoso Okavango
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Hipopótamos en la bañera

 

 

Nosotros volvemos a nuestro mundo lleno de lujos, hipocresías y banalidades, ellos al suyo; sobrio, primitivo y falto de todo. A mis labios aflora la pregunta; ¿Hasta cuando?

                                                                                                                             Paco Vidal