GUERREROS DE TERRACOTA

 

                         (De Kathmandú a.....? III)

El expreso T-224

A las diez de la mañana, con puntualidad oriental, se pone en movimiento el T224 que une la ciudad de Lhasa  -capital milenaria del viejo estado teocrático de los Dalai Lamas-  con Xian, capital de la provincia de Shaanxi, fundada en el siglo II a.d.C. por el emperador Quin Shi Huang. 

Este ferrocarril fue inaugurado en 2006, con gran pomposidad por las autoridades chinas. Dicha obra ha dado al Territorio Autónomo del Tibet, cómo se denomina hoy, la facultad de romper el aislamiento que lo había mantenido alejado del resto de las provincias chinas, según la versión de las autoridades de Beijing, o de hacer al Tibet más dependiente de China, según la versión de los nacionalistas tibetanos.

Personalmente me inclino por la primera versión, sin que por ello quite rigor a la segunda, ya que esta mastodóntica obra de ingeniería ha terminado, en gran medida, con el endémico aislamiento que este país mantenía, no solo con China, sino con el resto del mundo.

Hasta 2006, la gran meseta tibetana, compuesta de 2.500.000 Km./2 (cinco veces la superficie de España) estaba unido a sus vecinos: Paquistan, India, Nepal, Butan, etc., por caminos carreteros, impracticables en invierno, ríos de barro y fango de julio a septiembre, y polvorientos caninos en temporada seca.

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El tren, ¡hermoso medio de locomoción!

El ferrocarril se desliza por el valle que sirve de cuna al río Lhasa, paralelo a éste, cuyo cauce, unas veces a la izquierda , otros a la derecha, discurre en sentido contrario a la marcha del tren. Nuestro convoy se desplaza flanqueado de picos que van de los 5.000 m. a los 7.000 m. El valle oscila entre los 3.600 m.. que se haya Lhasa hasta los 5.200 m. que alcanza al pasar por el puerto de Yang Ba Lin.

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Aldea tibetana

Desde que abandonamos Lhasa, pequeños núcleos de clásicas casas tibetanas, habitadas por campesinos y ganaderos, salpican el valle, dónde pastan manadas de tocs, (animal surgido de la unión de un yak con una vaca o de un toro con una yac), cabras, ovejas y yaks. Allí dónde estos sufridos campesinos consideran que la agricultura es más productiva que la ganadería los eriales se convierten en caprichosas parcelas, regadas por las claras aguas del río Lhasa, dónde crece la cebada y otros cereales, al contrario de lo que ocurre en las cercanías de la capital, dónde estos productos son sustituidos por verduras y hortalizas.

Conforme nos alejamos de Lhasa, el valle se hace más estrecho. Van desapareciendo los rebaños y los cultivos, para dar paso a zonas mas áridas y escarpadas, hasta que a las 11.15 h. nuestro convoy, cansinamente, alcanza el paso de Yang Ba Lin, de 5.200 m., situado a los pies del Luggudantse de 6.586 m. , cuyas cumbres, cubiertas por eternas nieves, lucen una blancura inmaculada.

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Paisaje tibetano

Descendemos el Yang Ba Lin hacia un nuevo valle, dónde ya no nos acompaña el río Lhasa, por lo que sus tierras dejan de ser cultivables, para convertirse en paramos dónde pastan los yaks rodeados de cumbres que dejan de ser blancas e inaccesibles para convertirse en horizontes muchos más lejanos, romos y grises, adornados, aquí y allá, de rojas pinceladas. Seguimos viendo pequeños núcleos habitados, pero más espaciados entre ellos. Aquí predominan los rebaños de yaks pastando libremente por el inmenso altiplano.

En los sucesivos valles por los que se va deslizando nuestro convoy, cual hambriento gusano, después de encaramarse a cada uno de los pasos que separan los mismos, pastan rebaños de cabras, oveja, caballos, tocs y, sobre todo de yacs, el animal más preciado de estas latitudes.

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El peludo y malholiente yac

El YAC, ese animal peludo y poco agraciado, podríamos decir que ha sido durante siglos, el sustento y alma de este religioso pueblo, sufrido y paciente.

Con su pelo confeccionan los vestidos y mantas con que abrigarse del gélido frío que barre el altiplano desde las nevadas cumbres del Himalaya. Con la piel del yac elaboran su calzado y construyen sus yurtas los pastores nómadas. Es su carne el principal y más nutritivo sustento. Y su leche la que les da vida y alimento en su niñez. Con la misma elaboran su famoso e inseparable té de mantequilla, con la que a la vez, inundan sus templos y monasterios de ese olor agridulce que los caracteriza, al ser éste el producto que nutre los miles, tal vez millones, de velas con las que contentar a Buda y alumbrar sus espíritus y corazones.

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Boñigas de yac almacenadas, formando tapias.

Por aprovechar aprovechan de éste, su inseparable compañero y bienhechor, hasta sus excrementos. Esas arquitectónicas boñigas que forman las eses del yak al caer al suelo. Esos geométricos círculos concéntricos, de mayor (unos 30 cms.) a menor (unos 2 cms.), son recojidos de prados y cercados para apilarlos en perfectas hileras sobre los muros que forman los corrales. O bien en pequeños pajares que, una vez secos, usan como combustible para calentar los hogares en las largas noches del frío invierno tibetano.  

Sobre las cinco de la tarde, rodeados de áridos paisajes rojo-grisáceos, atravesamos  pequeños riachuelos helados que vierten sus frías aguas sobre el Tongtien He. Donde tiene su cuna uno de los grandes ríos de Asia. Aquí nace, débil, insignificante y yerto, en los confines de la región de Qingai, para adentrarse en la de Sichuan,  donde se convertirá en el más importante y largo de los ríos de China; el Yangtze. Este río en el tramo que forma «Las Tres Gargantas» , a miles de kilómetros de aquí, entre las ciudades de Chonqqing y Yinchang merecerá capitulo aparte cuando naveguemos por sus aguas.

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Camiones por «La Ruta de la Amistad»

«La Ruta de la Amistad» y el ferrocarril vuelven a discurrir paralelamente, una y otra vez, en estas tierras inhóspitas. Ya no se aprecia vida animal alguna, excepto escasos y pequeños grupos aislados de antílopes del Tibet, y alguna liebre de gran tamaño que, se encabrita y huye asustada por el estrépito que forma nuestro convoy al pasar.

 Salvador Rodríguez

Sobre las nueve anochece, y todo queda envuelto en un manto de anonimato. Poco antes, por «La Ruta de la Amistad», que sigue discurriendo paralela a la vía férrea, avistamos a un par de ciclistas-viajeros, cargados hasta la bandera. Desde nuestra cómoda posición les enviamos señales de ánimo, las cuales nos agradecen desde sus escuálidos Rocinantes. Mirándolos me pregunto que empujará a estas personas  a abandonar casa y trabajo para recorrer regiones tan dispares y lejanas. Pedalear, cargado de todo tipo de bártulos, a 4.000 m. ó 5.000 m. debe de ser empresa de titanes.

Observándolos, no puedo por menos que dedicar un recuerdo a mi amigo Salvador Rodríguez que dejando casa y un cómodo puesto de funcionario en su amada Granada, se lanzó a la aventura de dar la vuelta al mundo en bicicleta, en cuyo empeño lleva ya ocho años. www.viajedecuento.com

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El menú del tren

Comemos algunas viandas que habiámos comprado en Lhasa y nos metemos en la cama. El almuerzo lo hicimos en el vagón restaurante , por 98. yuanes. Lo único que entendimos del mismo fueron las palabras «The Menu», todo lo demás estaba en caracteres chinos. El departamento está compuesto por cuatro literas del tipo «Softsleep». Dos de ellas están ocupadas por nosotros, la tercera por un joven chino taiwnés, con buenos conocimientos de inglés, y la cuarta es ocupada por otro pasajero en la ciudad de Golmud a las 24.50, cuando nuestro convoy se detiene en esta ciudad.

A las cinco de la mañana los primeros rayos del sol que se cuelan por la ventana, nos avisan de que un viajero no puede perder el tiempo durmiendo, si no quiere perder detalle de lo que sucede fuera y dentro del convoy. Apartamos las cortinillas y nos percatamos que el sol no brilla aquí con la intensidad que lo hacía en el alto Tibet. A nuestra izquierda nos saluda el lago Gingai, a unos 250 kms. de Xining, capital de la provincia de Gingai.

Por las tierras que bañan sus orillas, cubiertas de un manto tímidamente verde, pastan enormes rebaños de ovejas, en algunos casos, conducidos por un pastor, cuya cabalgadura no es otra que una motocicleta.

Las nueve de la mañana marca el reloj cuando llegamos a la ciudad de Xining, populosa e industrial. Las chimeneas de sus fábricas vomitan columnas de humo negro y contaminante.

Atrás queda, definitivamente, el altiplano tibetano. De él nos separan una ingente cantidad de túneles y una agradable sensación  -al vernos liberados de esa indescriptible angustia que produce la falta de oxigeno cuando nos movemos por encima de los 4.000 m..

Si Xuning nos pareció una ciudad de paredes ennegrecidas y atmósfera con sabor a acido. ¿Que decir de Lanzdau? Esta si que podríamos calificar como la primera ciudad verdaderamente china por la que pasa nuestro convoy.  ¿Cuántos millones de habitantes tiene este monstruo? En el mapa aparece como una simple ciudad de provincia, equiparable en nuestros estándares, con Soria, Logroño o Toledo. Sin embargo, consultando datos comprobamos que la antaño conocida como         «La ciudad dorada»  tiene 3.800.000 habitantes.

Nuestro expreso no se detiene en ella pero tarda mas de 40 minutos en dejarla atrás; centenares, miles de bloques de viviendas que oscilan entre dos y treinta y tantos pisos de altura. Las primeras, sucias, viejas y destartaladas construcciones de la primera mitad del pasado siglo. Próximas presas en caer, victimas de este devorador desarrollo emprendido por China en los últimos años. Las segundas, en construcción o recién terminadas.

En perpendicular con la vía férrea, cruzándola por pasos elevados o subterráneos, modernas autopistas, adornadas de copiosa vegetación, por las que circula un nutrido y fluido tráfico.

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Huertos de Lanzdau

Antes y después de la ciudad todo está ocupado por pequeñas parcelas, tan extremadamente labradas, que podrían confundirse con un mosaico, elaborado por las manos de un experto artesano. Habas, zanahorias, alcachofas, coliflores, rábanos, brócolis, coles, pimientos, apio, tomates y todo cuanto necesita la cocina china, tan amante de las verduras y hortalizas.

Parece que estos pequeños y medianos huertos, fuesen capaces de alimentar, por si solos, a los millones de habitantes de Landzdau.

La patria de los guerreros de terracota

Con sus edificios engullidos por las luces de neón y devorados por la obscuridad de la noche, llegamos a la legendaria Xian.

Xian, Alfa y Omega de la celebérrima «Ruta de la Seda» . A ella llegaban, o de ella partían, las caravanas encargadas de unir Oriente y Occidente. Roma en un extremo, Xian en el otro. Entre ambas, caravanas de hombres y animales, portadores de sueños y ambiciones, arrastrándose a través de ríos, desiertos y montañas, en interminables y agotadoras jornadas, dilatadas en el tiempo y el espacio. Fueron estos abnegados seres los que sirvieron de vínculo entre Oriente y Occidente, los que llevaban y traían nuevas y viejas ideas políticas, filosóficas o mercantilistas de la milenaria China a las milenarias culturas mediterráneas, o viceversa.

Hoy Xian es, con sus 8.000.000 de habitantes, una urbe moderna, cruzada por infinidad de amplias avenidas que enlazan con incontables autopistas, adornadas y flanqueadas de extensas zonas ajardinadas. Solo la ciudad vieja, un rectángulo enmarcado dentro de sus restauradas murallas, recuerda, en parte, lo que una vez debió ser esta reliquia del pasado.

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Acreditación del hallazgo

Siendo, como fué Xian, visitada, a través de los siglos, por incontables personajes de las más diversas razas y condiciones, ávidos de gloria y notoriedad, no fue hasta 1.974 cuando el fortuito hallazgo de un simple campesino catapultó a esta, antes emblemática, y ahora olvidada ciudad a ocupar de nuevo, un puesto entre las ciudades más visitadas del mundo.

Era el atardecer de un día de marzo de 1974, cuando unos campesinos de la aldea de Xiyang, situada a unos 30 kilómetros de Xian, en lugar de agua, encontraron  trozos de figuras y armas de bronce cuando estaban abriendo un pozo para regar sus campos.

Excavaciones posteriores demostrarían que estos campesinos, con sus rudimentarias herramientas, habían puesto en marcha uno de los más grandes descubrimientos arqueológicos de los últimos tiempos.

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Cuadriga de los guerreros de terracota

Allí, a unos 30 kilómetros de las murallas de la vieja Xian, el emperador Qin Shi Huang, el unificador de los seis reinos. A la edad de 13 años, cuando heredó el reino a la muerte de su padre, el 246 a.d.n.e., ordenó a artistas y artesanos de su imperio, modelar un ejercito de guerreros  -infantes y jinetes-  a tamaño natural, para que lo acompañasen en sus conquistas y crueldades más allá de la vida.

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Guerreros de terracota

Más de 2.000 años han montado silenciosa guardia ante la tumba de su Señor, estos soldados: oficiales y generales, guerreros todos. Hasta que la ruda azada de un humilde campesino los catapultó a la fama en la segunda mitad del siglo XX.  Es este ejercito de guerreros el que nos ha traído hasta Xian en nuestro viaje a través de diferentes provincias y territorios autónomos de la actual República Popular de China.

Hay en Xian, no obstante, otros lugares dignos de visitar, entre los que destacaremos la popular; Hua Shan o Montaña de la flor de loto. Hua Shan, enclavada a unos 40 kilómetros al norte de la ciudad, es una montaña compuesta de escarpadas crestas graníticas, entre las que existe una red de senderos excavados por el hombre en la dura roca, con el fin de poder visitar cada una de las múltiples pagodas, templos y templetes que se encuentran esparcidos a lo largo y ancho de todo este laberinto de cumbres y crestas.

Hua es una de las cinco montañas sagradas de China. En ella buscaron refugio, huyendo de las iras del emperador Qi Shi Huang,  muchos seguidores de Confucio y otros monjes y ermitaños.

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Senderos de Hua Shang

Cuenta la leyenda (todas las montañas la tienen) que hace muchos años llegó al pié de la montaña un anciano que quería subir a ella para ofrecer dádivas a los dioses, el hombre siempre los busca en los lugares más inaccesibles, pero debido a su debilidad le era imposible conseguirlo. Entonces, un búfalo que pastaba al pié de la montaña, se apiadó de él, lo subió sobre su lomo y lo transportó a la cima, abriendo un sendero en la escarpada pared de roca. Desde entonces son varias las personas que mueren al año, intentando seguir el sendero que abrió el búfalo con el anciano a lomos.

Hoy en día, este vertiginoso sendero podemos visualizarlo en  GOOGLE introduciendo: «El sendero más peligroso del mundo».

Yo tengo que decir que, como también tengo muchos años, estuve buscando el búfalo, sin lograr encontrarlo. Así que tomé el moderno teleférico que existe desde hace años al pié de la montaña, y en siete minutos me puso en la cima de Hua Shan.

                                                                                                                    Paco Vidal

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