LAS TROMPETAS DE JERICÓ

(Cuna de civilizaciones 10 )

Diez mil años de historia

Nazaret, tan cargada de valor histórico y religioso para tanta gente, nos decepciona y fustra enormemente. Es una de las ciudades mas sucias y contaminadas de Israel.

Su arteria principal, la Avenida Pablo VI, polvorienta y congestionada por el tráfico, está llena de baches, mientras sus  aceras -en bastante mal estado-  cambian continuamente de nivel  ya que sus vecinos  han adaptado la misma a sus casas y no al contrario, como debería ser. La falta de vegetación en toda la ciudad  y sus calles en continuas subidas y bajadas invitan a marcharse mas que a permanecer en ella. Ante tal situación decidimos continuar nuestro viaje en dirección al Mar Muerto.

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Las carreteras israelíes son buenas y fiables

A pesar de los consejos y advertencias de mucha gente, como por ejemplo, la propietaria del New Continental Hotel de Jerusalén, que nos advierte del peligro que conlleva viajar por la zona dentro de la establecida Linea Verde. Nosotros atravesamos dicha línea y nos adentramos en Cisjordania por la carretera 90, cerca del pueblecíto de Tell Al Berdá, dirigiéndonos hacia Jericó, distante unos 25 ó 30 kilómetros.

Jericó, bajo la administración de la A.N.P., es una ciudad habitada por una población de unas 10.000 almas. Se encuentra a 250 metros por debajo del nivel del mar y, aunque en verano llega a alcanzar los 50º C., cuando llegamos a ella -sobre las tres de la tarde- disfrutamos de una temperatura bastante agradable. Nos detenemos en la plaza central, en cuyas adyacentes aceras, los campesinos de las fértiles tierras circundantes, exponen sus productos en puestos ricamente engalanados con todo tipo de frutas y hortalizas.

En un bar, situado en una de las esquinas de la plaza, nos tomamos unos bocadillos acompañados de un refresco. La venta de cerveza o cualquier tipo de bebida alcohólica está prohibida.

Dando una vuelta por sus limpias y pacíficas calles, damos de frente, en una de sus esquinas, con un muro de piedra y hormigón. En el mismo hay grabado con profundas letras un rótulo en el  que puede leerse:                                                              “JERICÓ, LA CIUDAD MAS VIEJA DEL MUNDO: 10.000 AÑOS”

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Jericó, 10.000 años de Historia

Como todas las ciudades de esta atormentada tierra, Jericó ha sido construida, destruida, y vuelta a construir tantas veces como civilizaciones han pasado por ella a lo largo de su longeva vida. Posiblemente la más conocida de todas sus destrucciones fue la efectuada por el ejercito de Jesué al hacer tocar todas sus trompetas al unísono hasta conseguir que toda su muralla defensiva se viniera abajo.

¡Oh murallas de Jericó cuanta tinta ha vertido vuestra controvertida destrucción!

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Monasterio de las Tentaciones

No lejos de la ciudad, colgado de las paredes de un impresionante desfiladero que se abre en pleno desierto, se encuentra el lugar donde (Según narra Mateo en el Nuevo Testamento) el diablo tentó  a Jesús después de los cuarenta días de ayuno. Ahí, colgado de las mismas paredes se erige hoy El Monasterio de las Tentaciones, al cual nos asomamos desde un balcón natural situado en sus inmediaciones.

Dejamos atrás Nablús y Ramallah, a pesar de la importancia histórica de estos lugares, para dirigir nuestros pasos hacia la conflictiva Hebrón.

Dicen los entendidos, que es en esta ciudad donde la tensión entre judíos y palestinos alcanza sus máximas cotas.

Cierto es, que es el lugar al que siempre nos han aconsejado no ir. Pero como siempre sucede con las mentes testarudas; cuanto más me lo aconsejan, más se acentúa en mí el deseo de pasearme por sus calles y respirar el aire de su zoco.

Así que, sin apenas darnos cuenta, nos encontramos en el mismo corazón de la ciudad. No sin antes habernos visto obligados a sortear numerosos controles militares armados hasta los dientes -tanto de una parte como de otra- ya que la ciudad tiene áreas bajo dominación judía y otras bajo control palestino.

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El autor en el Zoco de Hebrón

El zoco, no se si por haber llovido la noche antes, o por la embarazosa situación que nos encontramos, nos resulta un tanto tétrico e intimidante.

La situación va cambiando positívamente según vamos hablando con la gente, sobre todo al saber ellos que eramos españoles. Esto último les hace más abiertos y receptivos. Llegando incluso a darnos continuamente las gracias por nuestra visita.

La entrada a Haran Al Khalil, que acoge la tumba de los Patriarcas, cuyos primeros cimientos los mandó construir Herodes, es verdaderamente impresionante. Hasta llegar a sus puertas deben superarse severos controles militares. En el primero de ellos nos obligan a dejar, tanto la cámara  fotográfica como otros objetos metálicos.

A la entrada del templo, sagrado para judíos y musulmanes, por creerse que en él está la tumba del profeta Abrahan, preguntamos al soldado israelí si debemos descalzarnos -a lo que responde con un gesto indefinido- que nosotros interpretamos como afirmativo, por lo que entramos descalzos en el penumbroso recinto. De poco nos vale. Ya que cuando aún no nos habíamos adaptado a la tenebrosa y ensangrentada oscuridad de tan disputado lugar, vemos como un árabe -que se encuentra apostado junto con otros individuos en otra puerta opuesta a la que habíamos entrado-  gesticulando y con visibles signos de enojo se dirige hacia nosotros. Por el otro extremo -metralleta en mano- viene hacia nosotros el soldado hebreo que nos había franqueado la puerta. Ante tal situación la pregunta que nos planteamos es obvia:  ¿Y ahora a que Dios me encomiendo a Javé o a Alláh?

Por suerte, el árabe lo único que exigía era lo que el hebreo nos traía, y que debería habernos dado al entrar:  Una kipá para mi, y un velo para mi mujer con que cubrir nuestras cabezas.

Haran Al Khalil, ubicado en el centro de la belicosa Hebrón, ha sido fuente de continuos enfrentamientos entre árabes y judíos desde tiempos inmemoriales, ya que, por estar en él la Tumba de Abraham -patriarca de ambas religiones- ambas reivindican la titularidad del santo lugar.

Los más relevantes, sangrientos, fanáticos y sanguinarios actos, de los tantos que se han cometidos en el lugar que nos encontramos, tuvieron lugar en mayo de 1980, fecha en que se desencadenó un ataque con granadas de mano y armas de fuego contra los judíos que se encontraban orando ante la supuesta tumba de Abraham. Como consecuencia de tal ataque murieron seis israelíes.

En febrero del 94, el colono judío Goldstein, abrió fuego contra la multitud que se hallaba entregada a las plegarias del viernes santo musulmán, acasionándo una carnicería que se saldó con treinta muertos.

Con nuestras mentes confusas por tanto horror, nos alejamos de Hebrón preguntándonos quien se vale de quien: ¿La religión de los hombres para prevalecer por los tiempos de los tiempos, o los hombres de la religión para que los intereses de determinados grupos etnicos, políticos o económicos prevalezcan sobre los demás?.

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Hacia el norte ¿En camello?

En nuestro caminar hacia el norte, y después de haber visitado las ruínas de  la mítica Masala, cuya población -al igual que los numantínos- se inmoló antes que rendirse a las legiones del Imperio Romano, llegamos a Ein Boquet, lugar situado a orillas del Mar Muerto.

Aquí presumen de ser el asentamiento humano mas bajo de la tierra; ¡Se encuentra a 394 metros por debajo del nivel del Mediterráneo!.

Ein Boquet está ubicado en un área de dos kilómetros de larga por trecientos metros de ancha. En este área hay construidos unos quince o veinte hoteles, con una capacidad aproximada de 3.500 plazas hoteleras. A este macro-complejo acuden a saciar su sed de sol y yodo los jubilados norteamericanos y escandinavos. El precio de las habitaciones oscila entre 150 y 300 €

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A pesar de ello, fue en este lugar donde me sucedió una anécdota digna de contar: Al ir a pagar una factura, cuyo importe ascendía a 81 Jackels  (unos 20€), solté sobre el mostrador 80 Jackels en cuatro billetes de 20 J. más toda la calderilla que tenía en el bolsillo -la cual ascendía a 97 céntimos-. Pues bien, al ver la empleada que faltaban tres céntimos (0,75 céntimos de €) empujó toda la calderilla hacia mí y procedió a cambiarme un nuevo billete de 20 Jackels que le dí, con tal de no perder los tres céntimos que faltaban.

Resulta curioso comprobar como  un entorno de tanta opulencia es capaz de engendrar tanta mezquindad.

                                                                                                                  Paco Vidal

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