¿BURMA O BIRMANIA?

                               (Por tierras birmanas I)

El Gran Bazar

A nuestra derecha distinguimos un núcleo de luces correspondiente a la ciudad de Mawlamyne. Atrás queda la frontera birmano-tailandesa y la cavernosa voz del imán que nos acompaña con sus plegarias a Ala por la megafonia del avión, desde que despegamos del aeropuerto de Bangkok. Con las últimas luces del día puede apreciarse la línea divisoria que forma la tierra firme con las aguas del mar de Andamán, en la lengua que forma el Golfo de Martaban al introducirse en tierras birmanas. En tierras de Burma o Mianmar que dirian otros. Nosotros hemos escogido el apelativo Birmania por ser el mas empleado en Occidente.

Minutos mas tarde, nuestro avión se posa suavemente sobre la pista del aeropuerto internacional de Yangón. ¡Cuanta diferencia entre éste y el de Bangkok! En aquel el entrar y salir de aeronaves desde, y hacia los cinco continentes, era continuo. En este solo hay dos aviones: el nuestro y otro de la Thai que toma tierra inmediatamente después del nuestro. La iluminación es escasa y su infraestructura me recuerda el aeropuerto internacional de la Isla de Pascua, con la salvedad de los caracteres ligüísticos.

La Biman Bangladesh Airlines, con la que volamos nosotros, cubre el trayecto Bangkok- Dacca, con escala en Yangón, tres veces por semana.

Dragón
Dragón con mono

El trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel, en el centro de la ciudad, junto a la estación de ferrocarriles, nos lleva unos 25 minutos. Del trafico, además del caos, nos llama la atención; que se conduzca por la derecha, a pesar de haber sido Birmania durante tanto tiempo colonia británica. Al hacérselo notar al taxista (el cual nos cobra el doble de lo que cuesta el recorrido habitual, según supimos mas tarde) éste nos dice que aquí se condujo por la izquierda hasta hace unos años, cuando la Junta Militar decidió cambiarlo. Así existe la paradoja de un país que circula  por la derecha con el 99% de sus vehículos con el volante en la derecha.

Nuestros primeros pasos por las calles adyacentes al hotel nos muestra que el tráfico no es agobiante, pero si intenso. Lo que sí se puede afirmar de él es que, es caótico. como sucede en la mayoría de las grandes urbes asiáticas, exceptuando las de Japón . En sus calles es el coche el que manda. El peatón juega un papel secundario, los pasos de cebras existen ,pero ningún conductor los respeta. Si alguien intenta cruzar la calzada, aunque sea por uno de estos pasos, lo primero que tiene que hacer es asegurarse que el vehículo mas cercano no se encuentra a menos de 150 ó 200 metros.

Cada conductor circula con una mano en el volante y la otra apoyada en el claxon, lo que ocasiona una ciudad bastante ruidosa.

En Taxi
En taxi

Las aceras de las calles de la ciudad forman un Gran Bazar.  Aquí todo el mundo compra o vende algo. Da igual lo que sea: desde pequeños transistores Made in China, hasta frutas, verduras, gafas, gorros, relojes, herramientas, libros, paraguas, comida, motores eléctricos y todo cuanto se busque. En éste inmenso mercado al  aire libre  -que obstruye aceras e impide el acceso a los comercios-   se hace y deshace todo. El suelo es el banco de trabajo  donde se arregla un motor, se repara una vieja bicicleta china o se deshuesa un arcaico rickshaw.

El que haya visitado el zoco de cualquier ciudad marroquí, quizás piense que el espectáculo que ofrece uno, no puede ser muy diferente del que ofrezca el otro. Cierto es que existe cierta similitud, pero mientras en el zoco cada vendedor cuenta con su propio espacio día tras día. Aquí reina una anarquía casi perfecta. Todo se monta por la mañana sobre las aceras, que son de todos, encima de  mugrientas mantas y viejas alfombras, (las mismas marcan los límites de cada tenderete) para desaparecer por la tarde y comenzar al amanecer de un nuevo día con la lucha por un nuevo espacio donde exponer los productos.

Con chanclas o descalzos

Como hemos dicho anteriormente, en este mercado interminable , uno puede encontrar cualquier cosa que busque. Cualquier cosa , menos zapatos. En Burma no existen los zapatos. Aunque cueste creerlo en pleno siglo XXI Birmania es un país de hombres, mujeres y niños que no usan ni zapatos ni botas. Como calzado utilizan esas chanclas, que nosotros usamos a veces, para ir a la playa o ducharnos; compuesta por una suela de goma y dos tiras superiores cuya unión hacemos pasar entre el pulgar y el segundo dedo del pie.

Niñas vendiendo
Niñas vendiendo

Este pueblo, vaya como vaya vestido, ya sea con anorak, polar, traje, falda o el clásico lungui*, siempre porta el mismo calzado. Desde el mas insignificante personaje hasta el director de banco, pasando por camareros, conductores de transportes públicos, recepcionistas o directores de hoteles, siempre van calzados con las mencionadas chanclas. Solo hay dos excepciones: La primera son los monjes budistas, que siempre van descalzos -desde el mas joven hasta el mas anciano y desde el mas alto en la jerarquía eclesiástica hasta  el mas insignificante lego. Todos arrastran sus desnudos pies por las cuidadas Pagodas o las sucias callejuelas. La segunda la forma los militares, calzados siempre con impecables y lustrosas botas.

Tal disparidad en el calzado nos hace pensar  que lo de portar chanclas pudiera obedecer a algún decreto o imposición de la Junta Militar que durante tantos años ha gobernado este país con mano de hierro.

¡Mal puede enfrentarse un pueblo descalzo o en chanclas  (al menos y sobre todo psicológicamente) a un ejercito opresor impecablemente vestido y perfectamente calzado!.

Los monjes budistas

La Historia nos demostrará, no obstante, que precisamente fueron esos monjes descalzos el principal baluarte de las protestas, que tiempo después, acabaron con ese ejercito impecablemente vestido y perfectamente calzado en el que se apoyaba la Junta Militar.

Monges mendigantes
Monjes mendigantes

No podemos cerrar este trabajo sin elevar un canto a la ejemplaridad de estos clérigos que en nada se parecen a sus homónimos de la religión católica o protestante. Mientras estos, por su forma de vestir y actuar, pertenecen a la clase media, o alta, de nuestra sociedad. Los monjes budistas, niños o ancianos, se ven obligados a salir cada día,  -con las primeras luces del alba, con la clásica cazuela de barro, donde los fieles van depositando sus dádivas-  envueltos en sus frágiles hábitos y sus desnudos pies a implorar las limosnas de las que se    sustentan.

Monges
Por caminos y veredas

Hemos visto a estos monjes vagar por los caminos, “amontonarse”  encima de las camionetas, montar en bicicleta o pordiosear por las calles. En la Gran Pagoda de Yangón, hablando con uno de ellos, nos decía que venía de Myeik, en el sur de Birmania, para venerar a Buda en la Shawe Dagón, y después continuaría hacia Mandalay para rezar en la Gran Pagoda de esta ciudad. En el transcurso de la conversación nos rogó que le diéramos una limosna para poder continuar su peregrinación.

No pretendemos juzgar aquí la actitud de estos monjes ni dictaminar si su comportamiento es el correcto o no, solo queremos resaltar lo que hemos visto y lo  consecuente que nos ha parecido su conducta con lo que predican.

Paco Vidal

*Lungui es la clásica falda con que, aún hoy, va ataviada la mitad de la población, birmana, tanto hombres como mujeres. Consiste en un cilindro de tela, de  aproximadamente, el doble del diámetro de la persona que lo lleva, cogido a la cintura, con uno o mas nudos.

A PROPÓSITO DE BUDA

                                                                                    (Por tierras birmanas II)

Shwedagon

Al visitar el gran complejo religioso formado por la Shwedagon Pagoda quedamos impresionados por la enorme cantidad de fieles que acuden a ella a postrarse ante las múltiples formas de Buda que existen en el mismo.

En la mayoría de los casos, las dádivas son ofrendadas al divino Sidarta Gautama, por gente que tienen que renunciar a sus mas elementales necesidades con el deseo de alcanzar, a cambio de las mismas, los favores del etéreo Buda.

Resulta difícil  creer que algún dios sea capaz de demandar tanto, de gente que tiene tan poco.

Eshaustos, pero a la vez admirados,  de la gran cantidad de capillas y templetes (la gran mayoría de ellos al aire libre) donde orar, y de símbolos y figuras ante quien postrarse. Incapaz de comprender como es posible tanta disparidad entre la mundana realidad y el misticismo que se respira en este suntuoso complejo religioso, (el mas sagrado del budismo birmano) al que se le atribuyen 2500 años de antigüedad y estar en posición de varias reliquias de Buda.

Asombrados, al mismo tiempo, de la notable diferencia que existe entre los lugares de culto del Cristianismo y el Budismo. En este los fieles no se retraen en la penumbra del templo para orar, como sucede en el Cristianismo. Las plegarias se realizan públicamente, cada uno como y donde quiere, sin necesidad de sacerdote que le sirva de guía o intermediario

Gran Pagoda de Yangun
Gran Pagoda de Yangón

Abandonamos la Shwedagon Pagoda, La Gran Pagoda de Yangón, y nos lanzamos a la calle para desprendernos de tanto exceso de santidad y convertirnos en seres mas acorde con la realidad.

Bajamos por la calle Shwedagon Pagoda hasta la Bagyoke Aung San, torcemos a la izquierda y después de dejar atrás el mercado de Bagyoke nos encontramos  en la confluencia de la Sule Pagoda Road, justo al lado de la estación central de ferrocarriles de Yangón. En la misma entramos cuando las primeras sombras de la noche comienzan a adueñarse de la ciudad.

En el primer anden  -separado del Hall de la estación por una enorme verja de hierro-  se encuentra estacionado el expreso que próximamente partirá hacia Mandalai. Segunda ciudad en importancia del país, y antigua capital del reino Burma.

Una ingente masa de seres anónimos deambula por los diferentes andenes.  Unos dirigiéndose al convoy estacionado en el anden, después de pasar el correspondiente control establecido en las puertas intercaladas en la verja divisoria. Otros, como queriendo encontrar no se sabe qué, desprendido de ellos sin saber como.

En los rincones, tumbados sobre sacos, mantas, harapos, o simplemente, sobre el sucio suelo, se amontona una multitud, posiblemente a la espera de próximos convoyes. O simplemente porque son las grande estaciones de las grandes ciudades el mejor lugar donde cobijarse.

Por todas partes hay montones de paquetes conteniendo las mas dispares mercancías; Desde cereales, especias o ropa, hasta todo tipo de animales domésticos.

“Restaurante”

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“Restaurante”

Ya totalmente de noche abandonamos la estación y nos detenemos a observar como un par de jóvenes se afanan en montar un “restaurante” de los que tanto abundan en este país. Consiste en un artilugio montado sobre dos ruedas de bicicleta encima del que cocinan diferentes sopas, compuestas de fideos y verduras, acompañados de algún trocito  de carne.

Alrededor del artefacto, que sirve de cocina y mostrador, colocan cinco o seis taburetes de plástico de unos treinta centímetros de altura, que van siendo ocupados y liberados continuamente por comensales, a los que los jóvenes van sirviendo  -por unos cuantos de cientos de Kaets (Algunos céntimos de Euro)- en unos cuencos de plástico, la sopa que van rehaciendo continuamente.

A unos 150 metros del “restaurante”  hay una parada de Rickshaw birmanos, consistente en una vieja y pesada bicicleta de fabricación china, a la que han adosado un sidecar de doble asiento  -uno hacia adelante y otro hacia atrás.

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Rickshaw transportando una familia

De dicha parada salen y llegan continuamente alguno de estos “Taxis”, (con tal nombre se conocen y éste es el rótulo que los distingue de los de uso privado) con algún que otro pasajero. En ocasiones he llegado a ver transportar hasta seis personas en estos rudimentarios vehículos.

Mientras tanto, por la Sule Pagoda Road pasan raudos los vehículos, haciendo sonar los claxon enloquecidamente, advirtiendo a los peatones que intentan cruzar la calzada, (aunque el intento se haga por un paso de cebras perfectamente marcado en el asfalto) que solo deberán hacerlo si no se acerca ningún vehículo a menos de cien o ciento cincuenta metros.

Distraídos con estas observaciones vemos como, no lejos de nosotros, se mueve diligente un perrillo callejero, uno más, que intenta por todos los medios cruzar la calle. Mientras, en la acera contraria es una perra la que intenta la misma proeza, pero en sentido contrario. Ímprobos son los esfuerzos que hacen ambos por conseguirlo, pero cada vez que uno de ellos lo intenta, un estridente pitido con la veloz pasada del consabido vehículo afeitándole los bigotes les hace desistir a uno y otro.

Convencido de que ninguno de los dos conseguirá su objetivo, desvío mi atención sobre una anciana que, unos metros a nuestra derecha intenta, como los canes, atravesar la arteria. Si difícil lo tienen los chuchos mas difícil lo tiene la pobre mujer. Cada vez que la desvalida señora, de no más de 1.5 metros de altura y unos 40 Kgs. de peso, pretende cruzar la calle aparece un semejante y, con la mano apoyada en el claxon, le advierte que el asfalto es dominio, total y absoluto, de los artefactos metálicos.

Después de tantos fallidos intentos, observa la diminuta mujer, que unos metros mas adelante la gente consigue pasar por el lugar donde está marcado el paso de cebras. Hacia allí se dirige, pero de nada le sirve. Ella es demasiado inexperta y tiene demasiados años para ser capaz de sortear los vehículos y marcar las distancias, como hace la gente mas joven y avezada.

Buda acostado
Buda acostado

Ninguna de ésta gente que he visto en La Gran Pagoda de Yangón  -y en otras tantas Pagodas-  entregarse a Buda en cuerpo y alma, con un fervor rayando el éxtasis, es capaz de parar su vehículo y dejar pasar a esta pobre anciana. Ningún peatón se apiada de ella ayudándola a cruzar la calle.                                                                                         

Tal vez sean actitudes como estas, por las que a Buda le cuesta tanto ser justo y misericordioso con gente que tanto esfuerzo les cuesta serlo.

Finalmente la anciana desiste y se aleja, desapareciendo en la obscuridad, en dirección a la estación.

Objetivo cumplido

Nosotros, después de lo visto, decidimos encaminar nuestros pasos hacia nuestro hotel, pero al girarnos…¡Oh sorpresa! Junto a nosotros se encuentra la perra que antes había llamado nuestra atención y de la que nos habíamos olvidado. Allí, a nuestro lado, sin el más mínimo recato, está ofreciendo al pequeño vagabundo, la prenda por la que él tantas veces había expuesto su vida al intentar cruzar la calle. Sin dudarlo un momento, el famélico chucho se apoya en sus enclenques patas traseras, y  después de veloces y convulsos movimientos, en pocos segundos, consigue terminar su obra con una hembra que le dobla,  tanto en estatura como en carácter.

perros callejeros
La Dama y sus caballeros

Satisfecho de su acción procede a deshacer lo hecho. Pero al intentar alejarse, después de voltear sus patas delanteras por encima del trasero de su amada, se encuentra colgado de la robusta hembra. Ésta, ante tal situación,  -y con sus dislocas apetencias  satisfechas-  empieza a morderlo y arrastrarlo hacia el centro de la calzada, dominio ésta de los feroces conductores y no                                                         de los mortales canes.

trafico
Caótico trafico

Comienza aquí una sinfonía de pitidos, acompañada de un chirriar de frenadas. ¡Oh milagro! Lo que antes no habían conseguido, ni la indefensa mujer ni los vulgares chuchos, lo consiguen ahora los descarados canes, al llevar acabo el mas sublime acto de la creación. ¡El acto de la procreación ha sido capaz de paralizar el trafico!

En el centro de la calzada los dos protagonistas (estoy convencido que protegidos por la piadosa mano de Buda), rodeados por una jauría de rivales, atraídos por los alaridos de dolor del maltrecho amante. Los cuales, envidiosos de la osadía de este pequeño Woody Allen lo muelen a dentelladas, hasta lograr liberar a la DAMA de las centenares  de acusadoras, a la vez que cómplices, miradas dirigidas a ella desde las aceras y calzada.

Paco Vidal

CAMINO DE MANDALAY

                          (Por tierras birmanas III)

 ¡Que bien se lo montan los representantes del proletariado!

Sobre las nueve de la mañana de un templado día de últimos de  enero, salimos de Yangón a lomos del mas popular de los vehículos que circulan por los países comprendidos entre el Trópico de Cáncer y el Trópico de Capricornio. Nos estamos refiriendo a TOYOTA. Tan fuerte es la presencia de estos vehículos en la vida de los países comprendidos en todo el cinturón tropical que, si Toyota desapareciera del mercado de un día para otro, el comercio y la economía de estos países sufrirían un cataclismo de mayores dimensiones que si les faltase el arroz, con toda la importancia que este alimento tiene en estos pueblos.

En Taxi
De gira por Birmania

Nuestra intención es hacer una gira por todo el territorio birmano, no prohibido a los occidentales.

En la Myanmar Travel Agent nos pedían 100 dolares diarios por el alquiler de una Hilux doble cabina, conductor y combustible incluidos. Ante nuestro rechazo, la misma empleada nos acompaña sigilosamente a la calle y,  nos dice que su marido nos presta el mismo servicio por  35 dolares. Sin dudarlo cerramos el trato y acordamos comenzar el viaje el día que nos ocupa.

Dejamos atrás el centro de Yangón, desplazándonos ahora por amplias avenidas, flanqueadas de señoriales residencias de cuidados jardines, sombreados por abundante arboleda. Estamos en la zona residencial de la ciudad, donde vive la clase pudiente del país. En las fachadas de algunas de las villas se distinguen enseñas de países extranjeros, sus puertas están custodiadas por miembros del ejercito birmano. Son las representaciones diplomáticas de otros países.

Ante un semáforo en rojo, se detiene a nuestro lado, un llamativo Mercedes S-500 de color negro y cristales ahumados. Al llamarle la atención a nuestro conductor sobre el mismo, me hace notar que pertenece a la Embajada china.                                ¡Caramba con los representantes del proletariado, que bien se lo montan!

Conforme vamos avanzando, las calles se van haciendo mas populares y menos limpias. En las aceras cada vez hay mas gentes, y sus edificios  -de tres o cuatro pisos-  ya no están alejados de la calzada, ni protegidos por muros o altas verjas.

Naturaleza Sus bajos son ahora pequeños negocios, mientras los pisos superiores sirven de viviendas a las clases medias. No obstante, con Yangón no sucede como en las grandes urbes latinoamericanas. Allí todas las ciudades están estranguladas por un cinturón de pobreza que las asfixia y les impide una expansión urbanística razonablemente aceptable. Deducimos que porque en Birmania aun no se ha producido ese éxodo masivo del campo a las ciudades. ¡Ojalá no se produzca nunca!

A unos veinte kilómetros de la ciudad nos detenemos ante el Taukian Cementery, al borde derecho de la carretera, donde reposan los restos de 27.000 soldados y oficiales británicos, de entre 18 y 40 años, caídos durante la Segunda Guerra mundial en combate contra el ejercito japonés. Es un lugar digno de visitar por la paz y la armonía que reina en el mismo.

Feroces y productivas tierras

La región de Bago, en la que nos introducimos poco después, es una zona con una agricultura inmensamente rica. Se encuentra ubicada la misma en una planicie dedicada, mayoritariamente al cultivo del arroz. De sus tierras negras, feroces y productivas, arrancan sus laboriosos campesinos, hasta tres cosechas al año, según nos cuenta Sohn, nuestro conductor y guía. Estas productivas tierras se extienden a ambos lado de la carretera, surcadas por canales construidos con improvos esfuerzos por estas gentes carentes de todo tipo de maquinarias. En sus anegadas parcelas puede verse el cultivo de tan preciado alimento en sus diferentes faces de desarrollo. Mientras en unas eras  los campesinos  -hombres, mujeres y niños-  se afanan, enterrados en el lodo, en plantar los pequeños manojos del cereal en el fangoso suelo, en otras, poco mas allá, las doradas mieses son doblegadas bajo la hoz manejada diestramente por la experta mano campesina.

Arrozales
Arrozales

No lejos de allí, al otro lado de la ruta, podemos ver como un hombre conduce  una pareja de búfalos que, enterrados hasta la panza en el barro, arrastra lentamente el arado, preparando la tierra para la próxima plantación. Al mismo tiempo en la vecina parcela, unos niños quitan las malas hierbas de una plantación, de un verdor tan cegador, que parece que toda la clorofila del mundo estuviera concentrada en ella.

Observado estos campos vienen a mi memoria las vivencias de mi juventud en las marismas del Bajo Guadalquivir. Mas…. ¡Cuanta diferencia existe entre estos y aquellos campesinos!. Mientras allí, medio siglo atrás, el trabajo se realizaba, en gran parte, con la ayuda de tractores y otros medios mecánicos. Aquí, en los albores del siglo XXI, se sigue realizando como en plena Edad Media.

Cuesta creer que, paralelamente en el tiempo, mientras en “nuestro” mundo se realizan a diario operaciones a través de Internet que reportan fabulosas fortunas  -sin ni siquiera mancharse las manos, o tal vez sí, pero con otro tipo de lodo-  aquí, esta gente, tenga que trabajar de sol a sol, hasta caer desfallecidos para, con su esfuerzo infrahumano, solo conseguir medios con los que poder sobrevivir.

Abandonamos la región de Bago para adentrarnos, por poco tiempo, en el estado de Kayin estrecha y larga franja de tierra entre la región de Bago y la frontera tailandesa, al este del país. Este pequeño estado, del tamaño de Albania, le está     ocasionando grandes quebraderos de cabeza a la Junta Militar debido a los enfrentamientos armados que sostienen las guerrillas de la etnia Karen con el ejercito del gobierno central.

Después de dejar atrás el pequeño país de Kayah, cuya capital es la apacible y exotica Loikaw, nos adentramos en el estado de Shan, uno de los mas grandes de los que forman la Unión de  Myanmar, habitado por numerosas etnias y pueblos, entre los que destacan aquellos que le dan nombre al país. Los Shan, etnia que, además de en Birmania, se encuentra en Tailandia, Laos, China y Vietnan.

Todo el territorio birmano que forma parte del denominado Triangulo del Oro, está ubicado en ésta montañosa zona. Estas, en parte, inaccesibles montañas forman frontera con China, Tailandia y Laos.

Cuatro horas en cien kilómetros

Caminos

Pronto nos vemos obligados a girar hacia el noroeste ya que, debido al estado de guerrillas y enfrentamientos en que viven estas tribus con el Gobierno Central, no nos está permitido adentrarnos en esta zona.

Volvemos a tomar la ruta uno, que une Yangón con Mandalay, para poner rumbo a  Toungoo, donde pensamos pasar la noche.

Aldeas
Aldeas

A ambos lados del camino, el paisaje humano es mucho mas digno de atención que el geográfico. Inmensos campos de arroz, divididos en pequeñas parcelas, quedan ocultos por una interminable hilera de chozas de madera, bambú y pasto, situadas al borde de la carretera, ante las que juegan multitud de niños, mezclados con patos, cerdos y búfalos. De vez en cuando la hilera de chozas da paso  a pequeños núcleos o lánguidas aldeas.

cConstruyendo carreteras
Construyendo carreteras

Al encontrarse la “carretera” complatamente destrozada. Toda ella se encuentra en reparación. (En cien kilómetros hemos tardado 4 horas) Las cuadrillas de trabajadores están compuestas en su totalidad por niñas y niños con edades comprendidas entre 12 y 16 años. El trabajo que realizan es infrahumano. No existe ni una sola máquina. Es estremecedor ver como estas pobres criaturas, siempre respondiendo con una sonrisa, cada vez que se les dirige un saludo, van quemando sus tiernas vidas en un trabajo que en nuestro país sería rechazado hasta por el más insignificante de los peones. Trabajan seis días a la semana, diez horas diarias por 1.000 – 1.200 Kyats al día.    (1.000 Kyats equivalen a 1 Euro).

Niñas trabajando
Con la sonrisa en los labios

El asfalto lo licuan formando grandes hogueras sobre las que colocan los bidones que contienen la bituminosa sustancia. El fuego lo alimentan con el propio alquitrán para conseguir un mayor poder calorífico en la combustión.  Una vez licuado lo extraen hirviendo y lo extienden sobre el pavimento, con unos recipientes de lata, construidos por ellos mismos, en los que han practicado unos agujeros en  forma de regadera.

Con las tapas de los bidones hacen unas especies de espuertas o capazos de lata, en los que transportan, sobre sus cabezas, las piedras hasta el lugar donde, una a una, las van colocando coincidiendo con los niveles y cotas que les ha marcado el capataz.

Después de lo expuesto se entenderá porqué decíamos que el “paisaje humano” es mucho mas digno de atención que el geográfico. El humano es tan intenso, exige tanto nuestra atención, que en la mayoría de los casos podríamos decir que es……  ¡Desgarradoramente inhumano!

Con el corazón roto, y envueltos en un manto de dolor, llegamos, sobre las ocho de la tarde, a la ciudad de Toungoo, repleta, a pesar de todo, de vida y movimiento.

Paco Vidal

ENIGMATICO LAGO INLE

                                                                      (Por tierras birmanas  IV)

Cuando se viaja por zonas como la que nos ocupa, de nada sirve hacer planes, ya que las situaciones políticas, y por tanto diplomáticas, pueden cambiar de un día para otro.

Nuestra meta era llegar esta noche a Nyaung-Shwe a orillas del lago Inle, uno de los lagos mas bellos del planeta.

Habíamos planeado dormir a la orilla de tan apacibles aguas, pero ha sido realmente imposible. Cuando entramos en la cadena montañosa que existe al norte de Pyinmana la marcha se hace realmente lenta. Al mal estado de la carretera debemos sumarle ahora lo accidentado del terreno. Las interminables curvas y los continuos pasos de montaña dificultan nuestro avance.

Cruzarse con los pesados camiones que vienen de la región de Mandalay requiere que uno de los dos vehículos se vea obligado a parar al borde de la carretera, para que el otro pueda continuar la marcha. Como pasa siempre el obligado a ceder es el mas débil. O sea, nosotros.

¡Ni uno mas!
Rompiendo leyes…..europeas.

Son ya, las ocho de la noche, cuando damos vistas a las ansiadas luces de Kalaw. Hemos tardado 12 horas en recorrer los 285 kilómetros que separan Toungoo de Kalaw. ¡La media no llega a los 24 kms,/hora!.

Sohn, con el celo profesional que le caracteriza, se empeña en llevarnos al lugar que habíamos establecido al comienzo del día. Él propone comer y continuar seguidamente hasta llegar a nuestra meta. Sopesamos la situación y le proponemos dormir en Kalaw, ya que hasta  Nyaung Shwe nos quedan otras dos horas de viaje por estos peligrosos parajes. No se muestra muy de acuerdo pero, finalmente, como es habitual en él, dice: Ok. Sir, y procedemos a buscar un lugar donde pasar la noche.

Cuando estamos procediendo a formalizar el registro en la recepción del primer hotel, medianamente digno, que hemos encontrado, nos enteramos de una noticia que, probablemente altere nuestros planes de viaje.

Nosotros, una vez que volvamos a Bangkok, de nuestro viaje por Birmania, tenemos previsto, después de un par de días en la capital de Tailandia, proseguir viaje  -aún no sabemos con que medios- hacia la ciudad camboyana de Siem Riam, (donde se encuentran las ruínas de la legendaria Angkor) para, desde allí, bajar por el río Mekong hasta Nohn Phen, y continuar posteriormente hasta Saigon.

Niños monges
Un gesto, una sonrisa, son suficientes.

Cuando se viaja por zonas como las que nos ocupa, de poco vale hacer planes ya que las situaciones políticas, y por tanto las diplomáticas, pueden cambiar de un día para otro. Resulta que por hechos, aún no esclarecidos, pero que si están relacionados con temas religiosos, la embajada tailandesa en Nohn Phen ha sido asaltada por una turba de fanáticos y reducida a cenizas. Como represalia, bandas de tailandeses  han asaltado la reciproca camboyana en Bangkok y las autoridades han retirado los credenciales diplomáticos y cerrado las fronteras entre ambos países. Así que, como he dicho en casos similares: “El viajero propone y los hechos disponen”.

Ya veremos como está la situación cuando volvamos a Tailandia la semana que viene, y actuaremos en consecuencia.

Es el Inle un lago encantador, rebosante de luz y desbordante de vida. Vida que, en absoluto, le resta tranquilidad,  sosiego o armonía.  

Volviendo al hilo del relato que nos ocupa diremos que nos alegramos de haber dormido en Kalaw, ya que al danos una vuelta por ella a la mañana siguiente, resultó ser una pequeña y encantadora ciudad de montaña, de donde parten gran número de Trekkings para visitar las tríbus de las vecinas montañas.

El lago Inle, situado en una planicie, rodeado de varias cadenas montañosas, situadas a la distancia idónea, como para no parecer estrangulado por ellas, como le sucede al lago Atitlan en Guatemala, ni tan alejadas de él que le hagan parecer un mar, como le ocurre al Titicaca en Bolivia. Es el Inle un lago encantador, rebosante de luz y desbordante de vida. Vida que, en absoluto, le resta tranquilidad, sosiego o armonía.

Mercado de artesanía
Vendedora sobre las aguas.

Su gente, campesinos y pescadores, desborda sencillez y amabilidad. Adentrarse en él, después de alquilar una barca en Nyaung Shwe, o en cualquiera de sus encantadoras aldeas, es una experiencia difícil de olvidar. Casi no merece el nombre de lago, este remanso de paz, ya que, aunque su extensión es considerable, no así su profundidad, puesto que en su gran mayoría, sus aguas no bastan para cubrir un hombre de pie.

Lago Intel, pescando
Los Intha, los señores del lago.

Esta escasa profundidad permite que sus pescadores, casi todos miembros de la etnia Intha, vayan equipados con esos extraños enseres de pesca que, en su forma  -aunque no en su tamaño- se parecen a las jaulas que los cazadores usan en nuestro país para, el reclamo de la perdiz. Estas “nasas “, confeccionadas de mimbre con su correspondiente red envolvente,  son lanzadas al agua desde el bote y al tocar el fondo del lago permiten que su propietario, armado de una lanceta, vaya “cazando“, mas que “pescando”, a todos los peces que han quedado dentro, y que por su tamaño merezca la pena capturar. Es esta pesca una forma realmente selectiva y ecológica.

Lago Intel, transporte
Medios de transporte

Las aguas del lago son inmensamente ricas en algas. Estas son extraídas continuamente por sus habitantes con lo que se cumplen dos premisas fundamentales: Una es mantener limpias las aguas del lago, ya que de no hacerlo terminarían invadiéndolo todo e impidiendo su navegación. La otra función es que al almacenar estas algas se forman islas flotantes (Como sucede en el lago Titicaca con la totora, sobre las que habitan los Urus) sobre las que desarrollan una apreciable producción de hortalizas.

En ellos pueden verse verdaderos procesos de elaboración, llevados a cabo con los mas elementales y primitivos métodos, de las mas variadas artes del saber humano.

¡A comer!
Niñas-monjas a la hora de la comida.

Adentrarse en el lago es sorprenderse continuamente. De sus poco profundas aguas surgen un sin fin de islas, sobre las que emergen gran cantidad de templos, monasterios y pagodas. En uno de estos templos, habita una comunidad de monjes, cuyo principal entretenimiento es, además del estudio de los textos sagrados, amaestrar unos gatos que, a una orden dada por estos maestros de la contemplación, saltan a través de unos aros colocados a diferentes alturas.

Recorriendo las islas e islotes existentes dentro de las aguas del  inenarrable Inle se llega a pequeños complejos artesanales. En ellos pueden verse verdaderos procesos de elaboración llevados a cabo con los mas elementales y primitivos métodos de las mas variadas artes del saber humano.

El gremio de los orfebres nos asombró, manipulando con los pies la llama de la vieja lamparilla, mientras sus manos competían con los dioses en la creación de verdaderas y afiligranadas obras de arte.

Artesanos del oro
Elaborando el Pan de Oro

En el rincón de un destartalado y lúgubre establo vimos como un trío de hombres se afanaba en conseguir, golpeando sobre unos yunques, con unos enormes mazos, las finísimas láminas de “Pan de Oro” con las que se cubren los altares de los templos y las figuras de Buda.

Grupos de mujeres, tejiendo con telares que en nuestro mundo no se encuentran ni en los museos. Artesanos del papel, en cuyos talleres se confeccionan artísticas  sombrillas a partir de la planta del papiro, pasando por el hervido, machacado y aclarado, hasta la estampación sobre el lienzo, de flores naturales.

Lago Intel, remando
El arte de remar

Pero lo que distingue especialmente a esta gente. Lo que los ha hecho mundialmente famosos en documentales y revistas de viajes; es, su forma de remar. Se colocan de pie, sobre una pequeña plataforma que poseen sus canoas en la popa de las mismas, sujetan el remo, uno solo, haciendo palanca con el brazo y la pierna de tal forma que les permita remar y manejar sus artes de pesca al mismo tiempo.

¿Cuanto tiempo podrá mantenerse esto así?  ¿Hasta cuando estas posturas y composturas seguirán siendo genuinas y no forzadas, con el fin de satisfacer exigencias ajenas a las costumbres de esta gente?

                                                                                                  Paco Vidal

                                                                                                                                                               

                                                                                                  .

PARADIGMÁTICA NUÉ NUÉ

                    (Por tierras birmanas V)

Entre aldeas montañesas

Pindaya, tranquila y apacible ciudad, con un lago que la separa de la cueva que la ha hecho mundialmente famosa, la abandonámos sobre las diez de la mañana para dirigirnos a Mandalay.

Buda
Buda, en la cueva de Pindaya

Sin embargo, no nos hubiésemos atrevido a marchar de Pindaya sin dedicar un par de horas a perdernos    por los pasillos, rincones y recovecos de la mencionada cueva. A la que los devotos peregrinos que acuden a ella, desde los cuatro puntos cardinales, se han encargado de adornar con miles de estatuíllas representativas del venerado y ventrudo Buda.

El camino hasta la vieja ciudad imperial resulta largo. Largo, lento y tortuoso. Nos desplazamos circundados por pueblos de montaña, cuyos habitantes nos miran con adustos semblantes, los que se transforman en francas y amistosas miradas en el momento que les dirigimos un amigable saludo.

Birmano
Birmano

Nos movemos por tierras poco trilladas por el  turismo mundano, que sale de su país comprando un Tour, para recorrer en 15 días, tres o cuatro países volando de uno a otro  y dormitando por sus carreteras, en cómodos vehículos con aire acondicionado, mientras se repone de las horas de vuelo y las perdídas en los aeropuertos.

Comemos temprano en un chiringuito de carretera ya que  -según nos advierte Shon, nuestro guía y chófer-  de no hacerlo ahora ya no habrá otra oportunidad hasta llegar a Mandalay. Mientras comemos llega un coche con dos nativos y una pareja de turistas: paran, miran, arrancan y se marchan. Unos metros mas adelante dan la vuelta, vuelven a parar y….. finalmente se bajan. El chófer y el otro birmano, presumiblemente el guía de la pareja de turistas, entran y piden de comer. Los dos extranjeros se sientan sobre unas rocas que hay al lado de la carreteta, sacan unos bocadillos y se ponen a saborear la rica cocina birmana. (?).

El olor a rancio que desprenden las estancadas aguas de los canales que recorren esta parte de la cuidad, invaden la atmósfera…..

Sobre las cinco de la tarde nos encontramos inmersos en los suburbios de Mandalay.  El olor a rancio que desprenden las estancadas aguas de los canales que recorren esta parte de la ciudad, invaden la atmósfera como queriendo denunciar ante los visitantes el abandono a que los tienen sometidos las autoridades municipales.

Madalay fue a partir de  1857 la capital de Burma, después de haberle arrebatado dicho honor a Bagan, honor que a su vez le fue arrancado por Yangón en el año 1885 cuando los colonizadores británicos vencieron al rey Thibaw, sucesor de Mindon Min, fundador de la ciudad. Como consecuencia de esta derrota la ciudad pasó a llamarse Fort Dufferin (tan depredador era el colonialismo ingles que incluso pretendía borrar de la memoria de los pueblos sus topónimos mas ancestrales.), hasta que en 1948 volvió a recuperar su antiguo nombre.

Shwedagon
Mandalay es uno de los grandes cetros del budismo en Burma.

 

Además de sus pagodas lo que realmente llama la atención de esta ciudad, de un millón de habitantes, es su fortaleza; ubicada en el centro de la misma. Este cuadrado perfecto rodeado de un foso de diez metros de ancho, solo puede ser salvado por los cuatro puentes que dan acceso a las cuatro únicas entradas que franquean la inmensa muralla de piedra roja que protege el recinto, inmediatamente después del foso.

El área que ocupa esta inmensa fortificación es de 2 X 2 kilómatros.  En su interior existen: campos de labranza, huertos, inmensos jardines, caballerizas, y todo tipo de talleres para que los artesanos cubriesen  – sin salir del recinto-  todas las necesidades de la realeza. En el interior de las murallas se cuentan múltiples palacios de madera de teka, mandados construir por el rey Mindon Min.

Palacio
Palacios de madera de teka.

Todo cuanto vemos hoy en día de estos edificios es una replica de los originales, ya que los primitivos fueron reducidos a cenizas durante los combates que se desarrollaron aquí entre las tropas británicas y las japonesas, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

 

La ciudad histórica está, urbanísticamente bien trazada. Su estación de ferrocarril recibe a los pasajeros que llegan a ella por tren en el mismo corazón  de la ciudad. No sucede lo mismo con el acceso al río, importante medio de comunicación con el resto del país, el cual se encuentra en pésimas condiciones. A los barcos hay que llegar a través de un lodazal y subir a los mismos por unos tablones, colocados de cualquier manera, entre el suelo y la cubierta de las embarcaciones.

Fue uno de estos paquebotes el que nos trasladó, río arriba, hasta el cercano pueblo de Ningún, donde lo más relevante de todo es pagar los tres dolares que debes hacer efectivos a la hora de sacar los pasajes si quieres que te dejen subir a él.

Sin embargo, fue en este lugar donde hemos vivido una de las anécdotas que mas nos han impactado en el transcurso de este viaje.

Nada más poner pié en tierra en Ningún, nos aborda una legión de vendedores y presuntos guías, ofertándonos cada uno de ellos lo mejor que poseía.

Entre todos ellos se destaca una niña, de once años, según nos cuenta ella misma, algo mas tarde.

Entre todos ellos se destaca una niña, de once años, según nos cuenta ella misma, algo más tarde. Con ese candor que solo da la niñez, trata de vendernos; postales, collares, pulseras etc. Se presenta como Nué Nué, preguntándome como me llamo yo.

Al decirle que mi nombre es Paco, ella repite una y otra vez… pato. Disfonía totalmente comprensible en una niña, si tenemos en cuenta las grandes diferencias fonéticas que debe haber entre su lengua y la nuestra. Al indicarle yo, por señas, y ayudado por la voz onomotopéyica del pato, como me estaba llamando, se produce una situación verdaderamente cómica entre un adulto y una niña, ambos de países tan dispares como puedan ser España y Birmania.           Ella, a pesar de todo, no ceja en su empeño, que no es otro que vender su mercancía.

Sol de Mandalai
Puesta de sol en Mandalay.

Le explicamos que debido al largo viaje que estamos realizando, nos es imposible ir comprando todo cuanto nos ofrecen. Intentamos darle 500 Kyats, los cuales rechaza. Después de mucho insistir los acepta y se aleja de nosotros.

Cual sería nuestra sorpresa, cuando al volver  -de los lugares arqueológicos que habíamos estado visitando-,  para tomar el barco que nos llevaría de nuevo a Mandalay, nos estaba esperando para devolvernos el dinero que le habíamos dado, e insistir en vendernos algo de lo que portaba.

Lógicamente, ante tal situación, ya no podíamos negarnos a comprarle algo. Nos quedamos con unas pulsera por 1.500 Kyats (1.50 €), con lo que se mostró francamente feliz y agradecida. Tan contenta estaba que insistió en acompañarnos hasta la salida del barco.

La niña y la Coca Cola
Nué Nué, a la izquierda.

Mientras esperábamos, nos sentamos a tomar unos refrescos. El que le compramos a ella, en lugar de tomárselo, lo guardó en el bolso donde portaba las mercancias. Nos miró y nos dijo que tenía un hermanito de cinco años y que el refresco era para él.

Que nadie me pregunte en que lengua nos entendíamos, porque no era en ninguna en concreto. Tal vez fuese en la más hermosa de todas las lenguas. Aquella que no necesita de reglas ni normas. Aquella que no entiende de razas ni edades. ¡ La lengua de querer y desear entenderse!.

Nué Nué hablaba, no más de, ocho o diez palabras en inglés. En español solo sabía decir: “Tu guapo”. Pero no lo empleaba en el sentido banal de la palabra. Me lo repetía reiteradas veces, con un sentido que significaba agradecimiento profundo por saberse comprendida y respetada.

Momentos antes de zarpar el barco, sacó un trozo de papel, donde puso su nombre y dirección y dirigiéndose a nosotros decía: “Tomorrow” y seguidamente, con señas, se hacía entender perfectamente. Empleaba la palabra “Tomorrow” (mañana) como futuro, queriendo decir que al volver a casa le enviásemos la fotografía que le habíamos hecho momentos antes.

Esto es lo grande, y a la vez lo triste, del viajar. En cada rincón del mundo donde se queda un ser humano, niña o anciano, hombre o mujer, blanco o cobriza, dirigiéndonos un adios, se queda algo nuestro. Mientras, nosotros, continuamos nuestro divagar, en busca de un nuevo encuentro del que aprender, y del que contar , a quien quiera oírnos, o tenga tiempo para leernos.

 

Paco Vidal

 

CADENCIOSO KIA…IRA…IAA

                         (Por tierras birmanas VI)

Los rios, como los hombres, nacen débiles, pequeños y temerosos.

Mucho mas difícil de pronunciar que el legendario NILO. Desde luego mucho mas corto, y, sin lugar a dudas, menos conocido que el padre de todos los ríos de África. Quizás por todo esto, Birmania nunca tubo el esplendor de Egipto. Pero, no es menos cierto que el Ayeyarwady ha jugado un papel en la Historia y  formación de éste país, tan importante como el jugado por el Nilo en la de aquel.

Hkakabo-Razi
Hkakabo-Razi, padre del Ayeyarwady.

Nace el Ayeyarwady, en las estribaciones de la cordillera del Himalaya, cerca del triangulo que forman las altas tierras de India, China y Birmania. Brota de las entrañas mismas del Hkakabo-Razi, que con sus 5.891 m., no solo es la cumbre más alta de Myanmar, sino también de todo el sureste asiático.

Con los ríos pasa como con los hombres. Al nacer todos somos iguales: pequeños, débiles y temerosos. A partir de ahí, nuestras futuras vidas toman las formas y caracteres que nos dan nuestros entornos geográficos y humanos. Para morir, en la mayoría de los casos, sucios y contaminados.

Por las altas tierras del estado de Kachin, el padre de los ríos birmanos, discurre sin que su curso deje huella, ni en la vida, ni en la economía de los hombres de estos desconocidos parajes. Desconocidos, no solo, para los ojos occidentales, también para la mayoría de la gente de Burma. La ciudad de Katha (donde estubo destinado  -como funcionario de Su Majestad-   George Orwell. Hubiera sido aconsejable que, aprovechando su estancia aquí, hubiese escrito algo sobre las tropelías del imperialismo ingles en sus colonias. Es posible que hoy contase en su haber con dos obras  maestras en lugar de una.) lo ve pasar, soberbio y orgulloso, durante la época del Monzón, pero humilde y  desapercibido en la temporada seca.

Es a partir de Mandalay, capital de la Birmania libre, en el siglo XIX, cuando el Ayeyarwady adquiere una mayor influencia, tanto en la economía del país, como en la vida de los pueblos que se fueron  estableciendo en sus orillas a través de años y siglos.

Pasa por Bagan y Pyay para abrirse en múltiples brazos, después de abandonar Yandoon y, con sus 2.000 kilómetros a cuesta, desparramar sus fangosas y contaminadas aguas por el enorme delta que forma al desembocar en el Mar de Andamán, al sur de Yangón. De él dependen, en gran medida, la subsistencia de los mas de 20.000.000 de agricultores, ganaderos y pescadores que habitan a lo largo de toda su cuenca.

Como quiera que el río no se draga, dichos canales cambian continuamente de ubicación, por lo que no serviría de nada, colocar boyas indicadoras.

Nosotros seguimos su curso, navegándolo desde Mandalay hasta Bagan. En esta época del año, febrero, las aguas del Ayeyarwady, discurren mansas y  soñolientas. Su anchura es considerable, entre 200 y 400 metros, pero su profundidad escasa. De su lecho surgen islotes y bancos de arena que obligan a la motonave a seguir los canales, que de forma natural van formando el empuje de las aguas. Como quiera que el río no se draga, dichos canales cambian continuamente su ubicación, por lo que no serviría de nada  colocar boyas indicadoras.

Sala de maquinas
Sala de maquinas de nuestro barco.

Ni siquiera la habilidad y pericia de estos abnegados marinos, es suficiente para guiar la nave por seguros derroteros. Por tal motivo, en la proa del barco, uno a cada lado de la quilla, van situados dos hombres armados con dos rudimentarias pértigas de bambú, pintadas de rojo y blanco. Con estas pértigas van sondeando el calado de las aguas y transmitiendo al capitán, con un cadencioso Kia..ira…iaaa..” si  el calado es lo suficientemente profundo, para que la nao pueda seguir su lento navegar por, tan inseguras aguas.

Tan cierto es lo que contamos que, en dos ocasiones, ambas a la salida de Mandalay, frente a Amarapura “La Ciudad de la Inmortalidad”, la nave tubo que detener su marcha en seco, al ser avisado el capitán por los hombres de las pértigas del poco calado de las aguas, y evitar así que el buque embarrancase.

Palafitos 2
Palafítos a orillas del Ayeyarwady.

A ambas orillas del río se han asentado numerosas familias de pescadores y agricultores. En humildes palafitos los primeros, y elementales cabañas construidas en la parte superior de las riberas,  los segundos. Por todas partes corretean infinidad de chiquillos desnudos detrás de cerdos y patos.

Los búfalos de agua, tan abundantes en estos países del sureste asiático, aprovechan la menor oportunidad que se les brinda, para introducirse en el agua hasta dejar fuera solo su cabeza y permanecer así todo el tiempo que le permitan sus dueños. Estos mientras, se afanan, con el clásico tesón asiático, en las faenas agrícolas.

FAMILIA
Familia pescando.

Atrás van quedando infinidad de pequeñas barcas, sobre las que se ven familias enteras, en un reparto colectivo de las actividades: El padre lanza y vigila las redes, la madre achica el agua de la barca, y el mayor de los hijos aguanta el timón, mientras los mas pequeños, generalmente desnudos, nos saludan continuamente, moviendo sus manitas, mientras pasamos a su lado.

Mercado en la orilla
Vendedoras en el río.

En muchas de las pequeñas poblaciones por las que pasamos el barco detiene su lento navegar, para recoger o soltar, mercancías o pasajeros. Esta oportunidad la  aprovechan los nativos para, introduciéndose en el agua todo cuanto pueden, y ofrecer a los ocupantes del barco; frutas, verduras y aves. Hay que hacer notar que los únicos extranjeros del pasaje, eramos nosotros y una pareja de australianos.

Puerto de Bagan
“Puerto” de Bagan.

Sobre las siete de la tarde, después de doce horas de navegación, llegamos a la ciudad de Bagan. “Uno de los grandes milagros de Asia”  según reza en alguna parte. Bagan alcanzó su máximo esplendor a partir de mediados del siglo XII cuando el rey Anawrahta, después de conquistar Thatón   -en la actual Tailandia- hizo traer treinta elefantes cargados con escritos budistas, así como artesanos y monjes que se encargaron de construir más de 15.000 templos y pagodas en el transcurso de los 100 años siguientes.

kublai kan
Kuklai Kan, El destructor.

 

Como sucede siempre. “El esfuerzo de unos, sirve de regocijo a otros”. Así fue como a finales del sigloXIII, el barbaro Kublai Kan, nieto de Gengis Kan, se regocijaba viendo como sus huestes reducían a cenizas y escombros tanto trabajo y esfuerzo. ¿Necesarias, tanto una labor como la otra? Siete siglos después la naturaleza se encargaría de rematar lo que no habían conseguido ni el tiempo ni los hombres. En 1975 un terremoto destruyó cuanto edificio quedaba por destruir en la gran explanada de los templos.

El trabajo lo tenía presupuestado el cabeza de familia en 100 €, y, según sus cálculos, el tiempo necesario para realizar el mismo  rondaría el mes.

Hoy, Bagan es Patrimonio de la Humanidad. Posee más de 2.000 templos, en ruinas o restaurados. A dicha restauración contribuye el turismo de una manera directa. Cada turista que llega a Bagan está obligado a pagar una contribución de 10 € a la UNESCO y otros organismos internacionales.

Familia de Bagan (FILEminimizer)
Restauradores. La joven con el clásico thanaca en la cara.

En nuestro recorrido por las inmensas ruinas, tuvimos la oportunidad de conversar, con un artesano que estaba reconstruyendo uno de tantos templetes. En la obra participaba toda la familia. Cinco eran los miembros que trabajaban, mientras, los cuatro pequeños restantes, jugueteaban, descalzos y ligeros de ropa con la cal y la arena de la obra.

El trabajo lo tenía presupuestado el cabeza de familia en 100 €, y, según sus cálculos, el tiempo necesario para realizar el mismo rondaría el mes.

El problema de la vivienda parecía tenerlo “resuelto” esta hacendosa familia. Al lado de la obra habían levantado un chamizo, bajo el techo del cual, en las noches de insomnio, a este grupo humano le quedaría tiempo para mezclar sus sueños y sus preocupaciones.

 

                                                                                                     Paco Vidal 

 

 

ENTRE MONOS Y ESPÍRITUS

                  (Por tierras birmanas VII)

Es más difícil luchar contra las ideas que contra los ejércitos

En  la segunda mitad del siglo XII, Anawratha, rey de Bagan, hizo traer desde Thaton  -después de conquistarla- treinta elefantes cargados de textos budistas, además de legiones de monjes y artesanos, con el fin de instaurar el budismo (el monoteísmo es mucho más eficaz para la consolidación de un imperio que el politeísmo o el animismo)  en su reino. No sabía nuestro hombre que es mucho mas difícil luchar contra las ideas que contra los ejércitos. El pueblo birmano, acostumbrado durante siglos a vivir y convivir con sus dioses y espíritus (ya fuesen, árboles, fuego, campos de arroz, ríos o lagos) no estaba dispuesto a que un usurpador (Buda) venido de fuera, desplazase a sus Nats por capricho de Anawratha, por muy rey que éste fuera.

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Nats, o espírius del Monte Popa.

 

Oficialmente, los birmanos comenzaron a profesar el budismo, pero de puertas adentro cada familia y cada clan rendía culto a su Nat particular. Sabedor de ello Anawratha recurrió al mismo ardid que Constantino ocho siglos antes: Ya que el Imperio no era capaz de vencer las ideas antagónicas a sus intereses  (Cristianismo) lo que hizo fue adueñarse de ellas.

Estos nats
Otros espiritus

Y esto es lo que hizo Anawratha. Cogió las nuevas ideas (Budismo) traídas a lomos de elefantes desde Thaton, buscó un emplazamiento donde construirle un templo y le colocó como guardianes, a la entrada del mismo, a los 36 Nats principales del animismo birmano. En realidad los Nats que hay a la entrada del Monte Popa son 37, ya que a los 36 “populares” el rey  sumó uno más (Thaguiamin), al que nombró rey de los Nats.

De esta manera cuando la gente humilde iba a orar al dios del Stabliment. Contaba con el beneplácito de sus Nats, que ejercían de centinelas del mismo.  Es comprensible que el lugar tenía que reunir unas condiciones especiales. Para tan relevante hecho había que encontrar un destacado lugar. Este se encontró a unos 60 kilómetros de la capital, en medio de la llanura que marca la parte central de Birmania.

Allí está, dominando cuanto le rodea, el Monte Popa, un imponente promontorio de 1.150 metros de altura.

En la cima de este promontorio ordenó Anawratha construir a finales del siglo XII el Taung Kalat Popa (Monasterio Popa). Desde entonces el Monte Popa, con el Taung Kalat  en su cumbre, es punto de atracción, durante siglos para fieles y en los últimos tiempos para fieles y turistas.

Monte-Popa-Myanmar
Monte Popa con el Taung Kalat en su cumbre

En cualquier tour o viaje que se realice por Birmania, figurará el Monte Popa (Monte de la Flor) como uno de las visitas ineludibles.

Popa de Paco
Monte Popa en estio.

Javier Reverte en su libro “Vagabundo en Africa” dice: “El que no ha visto el Kilimanjaro no puede decir que ha estado en África” . Trasladado a Birmania, podríamos decir: “El que no ha visto el Monte Popa, no puede decir que ha estado en Birmania”. Personalmente no somos tan extremistas, pero algo cierto hay en lo expuesto. No tanto por lo que es, cuanto por lo que representa.

Los peldaños, por los que hay que subir descalzo, según establece el reglamento, están impregnados de excrementos y orines de monos.

Nosotros lo visitamos, no en una excursión, sino de paso. Salimos de Bagan en nuestra “toyotita”, pasamos unas horas en él y continuamos hacia Pyay.

Entrada-Monte-Popa
Entrada al Monte Popa.

El lugar impresiona mucho más desde la distancia que una vez inmerso en él. El mismo está excesivamente mercantilizado. El camino que nos lleva hasta el lugar donde empiezan los famosos 777 peldaños que hay que acometer, si queremos llegar hasta la cima, se encuentra flanqueado por esperpénticos chiringuitos donde se puede encontrar  todo lo imaginable: ropa, objetos, más o menos, sagrados, souvenirs, comida y baratijas en general.

Mono con spay
Mono refrescándose en el Monte Popa.

 

Las escaleras que llevan hasta el Taung Kalat, en la cima del monte, están cubiertas con trozos de chapas, sobre soportes metálicos, sin el más mínimo respeto a la estética o al sacro lugar. Los peldaños, por los que hay que subir descalzos, como exige el reglamento, están impregnados de excrementos y orines de monos. Descarados monos que, a centenares, se encuentran apostados a lo largo de todo el trayecto y con los que hay que tener extremo cuidado. Los mismos son capaces de arrebatarte cualquier objeto que no se lleve debidamente guardado y sujeto, llegando, incluso, a enfrentarse a cualquiera que sea portador de algún tipo de bolsa donde ellos intuyan, u olfateen, que se lleva comida.

Dos- monos- y- un monito
¿Que estarán tramando?

 

A pesar de (o precisamente por eso) encontrarse uno inmerso entre monos y espíritus, la experiencia merece la pena, y en nuestro caso la mereció doblemente, debido a los hechos que presenciamos en el mismo Taung Kalat.

Desde el mismo día que llegamos a éste país nos veníamos haciendo la misma pregunta: ¿Dónde están los signos físicos de esta dictadura militar que atenaza Myanmar desde hace más de 40 años?

En todo el tiempo que llevamos aquí no hemos sufrido ni un solo control, ya sea militar o policial. No hemos visto un solo convoy militar. Los únicos policías con los que nos hemos tropezado han sido los que regulan el caótico trafico de las ciudades, con los clásicos cascos y chaquetas blancas, como en la España de los años cincuenta.

¿Cómo se mantiene esta Junta Militar, compuesta por un consejo formado por diez generales, para ser capaz de mantener todo un sistema represivo, sin que le sea necesario el más mínimo signo de ostentación de poder ante sus súbditos?.

Pues bien, en la cima del Monte Popa, dentro del Taung Kalat , tuvimos un ejemplo de cómo funciona este tenebroso aparato.

Cuando subíamos los últimos peldaños de la interminable escalera, vemos como una mujer europea  – después de hablar con ella supimos que era italiana-   llevada por dos jóvenes birmanos en un fuerte estado de excitación, completamente pálida y con lágrimas en los ojos. Al interesarnos por ella nos dijo que  le habían quitado el bolso en el que llevaba, además de dinero, el pasaporte y el pasaje de avión para su vuelta a Italia.

Al extenderse la voz de lo ocurrido, aparecieron unos individuos, no se sabe de dónde, y después de dirigirse a los allí presentes, en un tono de voz que no dejaba la menor duda de sus intenciones, se ocasionó un tremendo revuelo de voces y carreras, que nosotros seguíamos, sin entender realmente lo que sucedía, aunque lo sospechábamos. Lo cierto es que , después de breves segundos, apareció el bolso de la italiana, con todo su contenido, sin que nadie  -al menos nosotros- supiera de donde había salido.

Cuando, una vez abajo, comentamos con nuestro chófer los hechos le hicimos notar nuestra extrañeza por la falta de controles y presencia policial en calles y carreteras, escueta y huidizamente nos contestó: “Detrás de cada árbol que nos rodea hay un policía”.

Por la noche, mientras paseábamos con él en Pyay, a orillas del Awewardy, volvimos a insistir sobre la situación política en el país. Con voz apenas perceptible  nos dijo: “Sorry Papa, if me tell of this theme, probably…” y unió sus dos manos en un gesto de esposamiento, completamente comprensible, sin necesidad de emplear palabra alguna.

La sensación que sentimos en aquella situación, fue la de expectadores de un circo temático, en plena jungla birmano-tailandesa

En un lugar del trayecto que nos llevaba del Monte Popa a Pyay, Sohn se salió de la carretera y se introdujo con “nuestra toyotita” por un camino de tierra, lleno de socavones y flanqueado por una vegetación selvática, que nos condujo, después de un par de kilómetros, ante una vivienda de dos pisos y sólida construcción. Sin decir nada, se apeó del vehículo, y entró en la casa. Poco después salió y nos dijo que podíamos bajar. Cuando bajamos nos dimos cuenta que estábamos en el hogar de una familia, cuyo componente femenino, estaba formado por “Mujeres Jirafas”padaungs,   como se denominan en birmano.

En un viaje anterior a Tailandia, allá por 1.997, nos llevaron (sin saber bien a donde íbamos)  desde Chiang Mai, en una excursión programada, a visitar una aldea en plena selva, habitada por miembros de la etnia Kayan. Las Padaungs, pertenecen a ésta etnia.  Estos grupos de refugiados birmanos, huidos del estado de inseguridad que vivían en su país,  -debido a la situación de guerra, existente entre las guerrillas y el ejército birmano-  se habían afincado en el país vecino. Este estado de indefensión estaba ocasionando que determinados desaprensivos y agencias sin escrúpulos, estuviesen sacando provecho económico de la particularidad de estas mujeres,  al ofertarlos como “Safaris Fotograficos”   al turismo occidental y japonés. En aquellos tiempos los chinos aún no hacían turismo.

La sensación que sentimos en aquella situación fue la de espectadores de un circo temático en plena jungla birmano- tailandesa.

Mujer girafa, tejiendo
Mujer padaung tejiendo.

En el caso que nos ocupa, la situación es totalmente diferente. Esta familia  -en la que apreciamos tres generaciones-  habita una casa digna en su propio país, sin presión mediática o económica y con la que departimos de tú a tú, tanto como nos lo permitieron las diferencias lingüísticas.

Mujer girafa
Mujer padaung.

No sabemos qué parentesco o amistad  unía a Sohn con esta familia (tampoco quisimos preguntárselo). Ni sabemos por qué nos trajo aquí. Quizás quiso mostrarnos algo diferente de su país, debido a la sintonía que existió durante todo el viaje entre él y nosotros.

El viaje llega a su fin y recurro a Pitágoras cuando dice: “El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos” 

Inmortal: Porque deseo que este pueblo sea capaz de liberarse de la férrea dictadura que condiciona sus vidas y atenaza sus ideas.

Mortal: Por temer que dicha liberación los lance en brazos de una cultura globalizada que les haga perder sus valores y costumbres ancestrales. Temor a que el turismo de masas invada sus aldeas y caminos, arrancándoles, por un puñado de kiats, lo mas preciado del ser humano: LA DIGNIDAD.

Paco Vidal