PARADIGMÁTICA NUÉ NUÉ

                    (Por tierras birmanas V)

Entre aldeas montañesas

Pindaya, tranquila y apacible ciudad, con un lago que la separa de la cueva que la ha hecho mundialmente famosa, la abandonámos sobre las diez de la mañana para dirigirnos a Mandalay.

Buda
Buda, en la cueva de Pindaya

Sin embargo, no nos hubiésemos atrevido a marchar de Pindaya sin dedicar un par de horas a perdernos    por los pasillos, rincones y recovecos de la mencionada cueva. A la que los devotos peregrinos que acuden a ella, desde los cuatro puntos cardinales, se han encargado de adornar con miles de estatuíllas representativas del venerado y ventrudo Buda.

El camino hasta la vieja ciudad imperial resulta largo. Largo, lento y tortuoso. Nos desplazamos circundados por pueblos de montaña, cuyos habitantes nos miran con adustos semblantes, los que se transforman en francas y amistosas miradas en el momento que les dirigimos un amigable saludo.

Birmano
Birmano

Nos movemos por tierras poco trilladas por el  turismo mundano, que sale de su país comprando un Tour, para recorrer en 15 días, tres o cuatro países volando de uno a otro  y dormitando por sus carreteras, en cómodos vehículos con aire acondicionado, mientras se repone de las horas de vuelo y las perdídas en los aeropuertos.

Comemos temprano en un chiringuito de carretera ya que  -según nos advierte Shon, nuestro guía y chófer-  de no hacerlo ahora ya no habrá otra oportunidad hasta llegar a Mandalay. Mientras comemos llega un coche con dos nativos y una pareja de turistas: paran, miran, arrancan y se marchan. Unos metros mas adelante dan la vuelta, vuelven a parar y….. finalmente se bajan. El chófer y el otro birmano, presumiblemente el guía de la pareja de turistas, entran y piden de comer. Los dos extranjeros se sientan sobre unas rocas que hay al lado de la carreteta, sacan unos bocadillos y se ponen a saborear la rica cocina birmana. (?).

El olor a rancio que desprenden las estancadas aguas de los canales que recorren esta parte de la cuidad, invaden la atmósfera…..

Sobre las cinco de la tarde nos encontramos inmersos en los suburbios de Mandalay.  El olor a rancio que desprenden las estancadas aguas de los canales que recorren esta parte de la ciudad, invaden la atmósfera como queriendo denunciar ante los visitantes el abandono a que los tienen sometidos las autoridades municipales.

Madalay fue a partir de  1857 la capital de Burma, después de haberle arrebatado dicho honor a Bagan, honor que a su vez le fue arrancado por Yangón en el año 1885 cuando los colonizadores británicos vencieron al rey Thibaw, sucesor de Mindon Min, fundador de la ciudad. Como consecuencia de esta derrota la ciudad pasó a llamarse Fort Dufferin (tan depredador era el colonialismo ingles que incluso pretendía borrar de la memoria de los pueblos sus topónimos mas ancestrales.), hasta que en 1948 volvió a recuperar su antiguo nombre.

Shwedagon
Mandalay es uno de los grandes cetros del budismo en Burma.

 

Además de sus pagodas lo que realmente llama la atención de esta ciudad, de un millón de habitantes, es su fortaleza; ubicada en el centro de la misma. Este cuadrado perfecto rodeado de un foso de diez metros de ancho, solo puede ser salvado por los cuatro puentes que dan acceso a las cuatro únicas entradas que franquean la inmensa muralla de piedra roja que protege el recinto, inmediatamente después del foso.

El área que ocupa esta inmensa fortificación es de 2 X 2 kilómatros.  En su interior existen: campos de labranza, huertos, inmensos jardines, caballerizas, y todo tipo de talleres para que los artesanos cubriesen  – sin salir del recinto-  todas las necesidades de la realeza. En el interior de las murallas se cuentan múltiples palacios de madera de teka, mandados construir por el rey Mindon Min.

Palacio
Palacios de madera de teka.

Todo cuanto vemos hoy en día de estos edificios es una replica de los originales, ya que los primitivos fueron reducidos a cenizas durante los combates que se desarrollaron aquí entre las tropas británicas y las japonesas, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

 

La ciudad histórica está, urbanísticamente bien trazada. Su estación de ferrocarril recibe a los pasajeros que llegan a ella por tren en el mismo corazón  de la ciudad. No sucede lo mismo con el acceso al río, importante medio de comunicación con el resto del país, el cual se encuentra en pésimas condiciones. A los barcos hay que llegar a través de un lodazal y subir a los mismos por unos tablones, colocados de cualquier manera, entre el suelo y la cubierta de las embarcaciones.

Fue uno de estos paquebotes el que nos trasladó, río arriba, hasta el cercano pueblo de Ningún, donde lo más relevante de todo es pagar los tres dolares que debes hacer efectivos a la hora de sacar los pasajes si quieres que te dejen subir a él.

Sin embargo, fue en este lugar donde hemos vivido una de las anécdotas que mas nos han impactado en el transcurso de este viaje.

Nada más poner pié en tierra en Ningún, nos aborda una legión de vendedores y presuntos guías, ofertándonos cada uno de ellos lo mejor que poseía.

Entre todos ellos se destaca una niña, de once años, según nos cuenta ella misma, algo mas tarde.

Entre todos ellos se destaca una niña, de once años, según nos cuenta ella misma, algo más tarde. Con ese candor que solo da la niñez, trata de vendernos; postales, collares, pulseras etc. Se presenta como Nué Nué, preguntándome como me llamo yo.

Al decirle que mi nombre es Paco, ella repite una y otra vez… pato. Disfonía totalmente comprensible en una niña, si tenemos en cuenta las grandes diferencias fonéticas que debe haber entre su lengua y la nuestra. Al indicarle yo, por señas, y ayudado por la voz onomotopéyica del pato, como me estaba llamando, se produce una situación verdaderamente cómica entre un adulto y una niña, ambos de países tan dispares como puedan ser España y Birmania.           Ella, a pesar de todo, no ceja en su empeño, que no es otro que vender su mercancía.

Sol de Mandalai
Puesta de sol en Mandalay.

Le explicamos que debido al largo viaje que estamos realizando, nos es imposible ir comprando todo cuanto nos ofrecen. Intentamos darle 500 Kyats, los cuales rechaza. Después de mucho insistir los acepta y se aleja de nosotros.

Cual sería nuestra sorpresa, cuando al volver  -de los lugares arqueológicos que habíamos estado visitando-,  para tomar el barco que nos llevaría de nuevo a Mandalay, nos estaba esperando para devolvernos el dinero que le habíamos dado, e insistir en vendernos algo de lo que portaba.

Lógicamente, ante tal situación, ya no podíamos negarnos a comprarle algo. Nos quedamos con unas pulsera por 1.500 Kyats (1.50 €), con lo que se mostró francamente feliz y agradecida. Tan contenta estaba que insistió en acompañarnos hasta la salida del barco.

La niña y la Coca Cola
Nué Nué, a la izquierda.

Mientras esperábamos, nos sentamos a tomar unos refrescos. El que le compramos a ella, en lugar de tomárselo, lo guardó en el bolso donde portaba las mercancias. Nos miró y nos dijo que tenía un hermanito de cinco años y que el refresco era para él.

Que nadie me pregunte en que lengua nos entendíamos, porque no era en ninguna en concreto. Tal vez fuese en la más hermosa de todas las lenguas. Aquella que no necesita de reglas ni normas. Aquella que no entiende de razas ni edades. ¡ La lengua de querer y desear entenderse!.

Nué Nué hablaba, no más de, ocho o diez palabras en inglés. En español solo sabía decir: «Tu guapo». Pero no lo empleaba en el sentido banal de la palabra. Me lo repetía reiteradas veces, con un sentido que significaba agradecimiento profundo por saberse comprendida y respetada.

Momentos antes de zarpar el barco, sacó un trozo de papel, donde puso su nombre y dirección y dirigiéndose a nosotros decía: «Tomorrow» y seguidamente, con señas, se hacía entender perfectamente. Empleaba la palabra «Tomorrow» (mañana) como futuro, queriendo decir que al volver a casa le enviásemos la fotografía que le habíamos hecho momentos antes.

Esto es lo grande, y a la vez lo triste, del viajar. En cada rincón del mundo donde se queda un ser humano, niña o anciano, hombre o mujer, blanco o cobriza, dirigiéndonos un adios, se queda algo nuestro. Mientras, nosotros, continuamos nuestro divagar, en busca de un nuevo encuentro del que aprender, y del que contar , a quien quiera oírnos, o tenga tiempo para leernos.

 

Paco Vidal

 

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